A veces llora

 

Me encontré con Carlos en La Giralda, una de esas noches espectaculares de verano, cuando miles de mujeres pasan por la calle, semidesnudas, hermosas e inaccesibles, como llevadas por la brisa suave y apenas fresca, hacia lugares en los que uno nunca está. El calor que da tregua, cierta placidez general y la belleza femenina favorecen el desarrollo normal y sin obstáculos de la depresión cotidiana.

Hacía cierto tiempo que no veía a Carlos, augusto fundador del Club de Misóginos. Lo que pasa es que esta institución adolece de cierta fantasmidad, dado que, por una parte, sus integrantes no se reconocen fácilmente como tales, salvo su presidente e ideólogo principal, y, por otra parte, cada tanto alguno de ellos sale con una mina y ese milagro rompe, momentáneamente por cierto, la ya de por sí escasa cohesión del grupo.

Exactamente esto era lo que había sucedido con Carlos, Socio Número Uno, hecho que, además de prodigioso, resultó fatal para la continuidad de la intensa tarea ideológico-formativa que se venía realizando (cfr. otros textos de este mismo volumen). Los integrantes del Club (digamos Daniel y yo, Eduardo) sabíamos que Carlos había enganchado una minita en la Facultad y que sus apariciones en las reuniones periódicas estaban mermando por esa injustificable aunque comprensible razón. Siempre pasa que, durante los primeros tiempos de estas efímeras relaciones, el damnificado concurre al Club para contar cómo va la cosa y solicitar consejos, amén de soportar el obligado verdugueo: evaluación de la táctica seguida (generalmente deplorable), cálculos de cuánto tardaría la afortunada para entregar la figaza, perspectivas de duración de la cosa (máximo, un año), etc.

Después, si todo marcha bien, o sea, si la situación se estabiliza (es un decir), el hombre desaparece de los lugares que solía frecuentar y el verdugueo se realiza in absentia. En estos casos (bastante poco frecuentes, desde ya), se imagina al interesado flotando en nubes algodonosas, el mejor de los mundos posibles, y, sobre todo, cerca de su abrupta caída, que lo conduce de vuelta al redil, con su misoginia, más que intacta, perfeccionada.

Aquí el verdugueo mengua y se abren los brazos de la comprensión y la solidaridad misógina. No sé qué es peor. Pero cada nuevo caso se incorpora a los archivos y será tema de debate durante mucho tiempo, aun después de ser reemplazado por otro, porque siempre sirve como antecedente, como término de comparación y estadística.

Dentro de esta jurisprudencia, no se registraba un caso como el presente, vale decir, un encuentro casual de sólo dos integrantes del Club, en medio de un fato de uno de ellos. O eso creía yo. Después de los saludos de rigor, comenzó nuestro diálogo.

—¿Y, che, la minita esa que conociste en la Facultad? ¿Cómo va la cosa, ya te cagó? —pregunté, con una de las sutiles fórmulas habituales.

—No sé —contestó, perplejo.

—¿Cómo no sabés? ¿Qué no sabés? ¿Cómo va la cosa, o si te cagó?

—No sé nada, lo que se dice nada. Pará, es peor: no sé siquiera si no sé nada.

Ante esa llana confesión de una ignorancia presocrática, no tuve más remedio que reírme con cierta crueldad y guardar luego un respetuoso silencio, ornado con una media sonrisa que significaba más o menos: "Hablá, hablá que papito te escucha."

—¿Vos la conocés a Laura, no? —preguntó, queriendo escaparse por la tangente.

Le seguí la corriente para ver adónde quería llegar.

—Sí, la vi un par de veces en la Facultad. Vos me la señalaste cuando estabas caliente con ella. Después los vi juntos, pero de lejos. No me la presentaste, turro —subrayé.

—Bueno... ¿a vos qué te parece?

—¿Qué me parece qué?

—Laura, boludo.

—Una mina.

—No seas hijo de puta.

—Y vos no me tomés por gil. ¿Qué querés que te diga? Decímelo y yo te lo digo, así te quedás contento.

—Qué guacho de mierda, yo te pregunto en serio, che.

—Está bien —cambié de tono—, te voy a contestar. Es una linda piba, y no te la merecés.

Carlos sonrió, aliviado.

—Sí, eso me parecía —suspiró.

—¿Y con eso? ¿Me vas a dejar así?

—No, no, si te voy a contar todo, papá. Pero dejame pensar un poco por dónde empezar, clarificar mis ideas.

—Entonces no nos vamos más de acá, hermano. Mejor, vos hablá y después vemos si está claro o no. Eso dejámelo a mí. Un consejo: no te pierdas en detalles inútiles, andá derecho a lo que te tiene preocupado.

—¿Tanto se nota?

Hice un gesto de fastidio y me callé hasta que se decidiera a empezar. La llegada del mozo con un par de cortados le dio más aire, pero después no le quedaron excusas y tuvo que hablar.

—Vos sabés que a esta minita, Laura, no la conocí por mi cuenta. Quiero decir, no me la levanté de la nada, ¿me entendés?

—Más bien.

—Claro, si no hay antecedentes. La verdad es que me la tuvieron que presentar unos amigos, con la excusa de estudiar juntos. Yo me hice el boludo, pero estaba todo preparado y yo, en el fondo, lo sabía.

—Me gusta cómo das bola a mis consejos...

—No, no, tiene que ver, en serio, aguantame un poco.

—Hace años que te aguanto. Dale, seguí.

—Ya vas a ver. Me la presentaron y me gustó, claro. No sólo porque era linda, vos mismo lo dijiste y es así, sino porque era bastante simpática por ser argentina y con la malaria que hay no es cuestión de perderse una oportunidad, ¿no?

—Más bien. ¿Y vos, le gustaste?

Pese a ser el miembro consultor y estar, por lo tanto, en inferioridad de condiciones, me miró con cierta lástima.

—¿Y eso cómo se puede saber?

—Está bien, seguí.

—Bueno, después de verla varias veces más, me animé a pedirle el número de teléfono...

—Héroe.

—... y a darle el mío. Le dije que algún día podemos ir a tomar algo y charlar. Me dijo que sí. Todo diez puntos. Laura era muy simpática, ya te lo dije. Bueno, es, aunque ahora la conozco mejor. En todo caso, en ese momento me pareció muy accesible.

—No te olvides que para ellas también hay malaria.

—Sí, ya sé, además, si ella misma había aceptado la presentación, por algo era. Y si me dio bola de entrada estaría desesperada, un Robinson Crusoe femenino.

—¿Todo esto tiene que ver, también?

—Sí, no sé. Teneme paciencia.

—Si no te tuviera paciencia, te habría mandado a la mierda desde que entraste con esa caripela de boludo alegre.

—Lo de alegre está de más, no ofendas tampoco. Bueno, un sábado terriblemente depresivo, como todos, me propuse llamarla e invitarla a salir. Junté fuerzas, me preparé durante horas y... no me animé. Abrumado por la depresión, me tiré a dormir, para coronar la cobardía con la inconsciencia. (Qué escritor, papá.) Estaba ya medio torrado cuando sonó el teléfono.

—Era ella.

—¿Quién cuenta, vos o yo?

—Los dos.

Se encogió de hombros, como si mi propuesta fuera indigna hasta de ser rechazada.

—Era ella. Me invitó a salir. Así nomás. Será un lugar común, pero pensé que estaba soñando. Por supuesto, no me hice el recio (craso error, como se sabe) y le dije que sí en seguida. Fuimos al teatro, creo que lo pasamos bien. En la semana nos vimos varias veces y el otro sábado salimos de nuevo. Le di el primer beso, apretamos un poco, un poquito. Y conste que no estoy entrando en detalles.

—Lo aprecio mucho. Pero esa carencia de detalles da la impresión de que todo era demasiado fácil, ¿no?

—Es que era así, hermano, yo tampoco lo podía creer. Nunca me había pasado.

—¿Y no te parecía sospechoso?

—En ese momento, no. Uno es un ser humano, a pesar de todo, che. En medio de la felicidad, no te podés parar a pensar demasiado. Además, si igual todo va a terminar mal, ¿para qué preocuparse de entrada?

—No te falta razón. Tampoco te sobra. Estás en lo justo, bah.

—Bueno. Ahora viene el quid de la cuestión. Laura tiene una característica... cómo te diría... extraña. O a que a mí me parece extraña, no sé, es lo mismo. Yo la descubrí al poco tiempo de salir con ella.

—Una característica... —tantée—... ¿cuál?

Hizo una pausa y lo largó:

—A veces llora.

Decir que me quedé estupefacto sería poco. Por más acostumbrado que estuviera al peculiar estilo de pensamiento de Carlos, no podía menos que asombrarme, aunque no demostrarlo.

—Creo que no te entiendo bien.

—¿Cómo que no me entendés? Dije: "A veces llora."

—Sí, oír te oí. Pará un poco, explicate. Porque, que yo sepa, todo el mundo llora "a veces". Incluso las mujeres.

—Lo que pasa es que sos muy apurado y no me dejás explicarme.

—¿Ah, no? Bueno, seguí, hermano, seguí tranquilo, total el muro de Berlín ya se vino en banda y guerra nuclear no va a haber. Hay tiempo, vos seguí, que yo no te interrumpo más.

—No seas exagerado, che. Lo que te quería decir concretamente es que de repente, en cualquier momento, cuando estamos juntos, Laura se pone a llorar. No sé si en cualquier momento, ojo. Si me pongo a pensar, a lo mejor descubro constantes, elementos de la situación que no varían y me dan una pista de por qué se pone a llorar. Esto es lo que me obsesiona, ¿entendés?

—Entiendo... que estás más loco que nunca. ¿Vos le preguntaste a ella, por casualidad?

—Más bien, soy loco pero no como vidrio. Además, es obvio: cada vez que se ponía a llorar, yo la cagaba a preguntas. Porque, como te sugerí antes, no sé si todas, pero la mayoría de las veces era cuando estábamos juntos, solos y apretando. O en los mejores momentos, en general. Ahora te doy ejemplos, si querés.

—La verdad que sí. ¿Pero ella qué te contestaba?

—Que no le pasaba nada.

—¿Cómo nada?

—Nada de nada. Ésa era su única respuesta. Y, si la apretaba un poco más, en otro sentido, quiero decir, si insistía en saber qué le pasaba, me respondía que ella era así.

—Evidente. ¿Sabés que esto me empieza a interesar? Contame detalles, ahora sí.

Carlos sonrió otra vez, con cierto dejo de revancha en medio de su desconcierto. Aclaro que esto de ir al pie es una especie de ritual entre el miembro inquisidor y el consultor. Siempre hay un punto clave del relato que lleva a los que oyen a interesarse vitalmente en la cuestión misógina que se está tratando. Sigamos.

—Una vez, por ejemplo, cuando empezamos a apretar grosso, le pregunté si se sentía bien y ella me contestó: "No sé." Y se puso a llorar. Ahí mismo le pregunté por qué lloraba...

—Qué le hiciste, hijo de puta.

—Eso le pregunté, qué le había hecho. Ella, un poco sorprendida, dijo que nada. Que no lloraba por nada y que yo no le había hecho nada. No le pude sacar ni una palabra más. Por suerte, seguimos apretando como antes.

—Sí, pero te quedó atravesado el lloriqueo.

—Más que a ella seguro. Porque le seguí insistiendo, en cualquier momento, como para sorprenderla. "¿Por qué lloraste aquel día?", algo así. Y ella, nada. Nada y nada.

—¿No será una existencialista aprés la lettre (sic)?

—No me jodás, tío. Calculé que en tres meses lloró catorce veces.

—Ehhhh.

—Por abajo de las patas. Es un decir. Una vez en el cine, otra en plena calle, alguna vez en la Facultad. Haciendo el amor. Jugando a las cartas. En mi cumpleaños. En el suyo. Por teléfono: ésta es brava, porque te sentís más que impotente, te querés meter por los cables, pasar al otro lado y romperle la boca de un beso. Y no podés, no podés.

Ahí Carlos se quedó pensando, y me di cuenta de que estaba más que preocupado. Esperé.

—Hermano: ¿vos sabés lo que es coger con una mina que llora? —me preguntó.

Iba a responder "No tuve el gusto", pero me contuve, porque la cosa era jodida, y Carlos no estaba nada bien. Pensé otras dos acotaciones: "La mataste, hermano" y "A lo mejor era de felicidad", pero las descarté automáticamente. El verdugueo tiene un límite, sobre todo con el sexo, que es una tragedia. Dije:

—Creo que te entiendo, hermano. Pero no te castigues tanto. No puede ser tan grave, seguí contando.

—Sigo, sigo. Todo esto es sólo el principio, en realidad. Es más, yo ya me había acostumbrado. Vos sabés: con las mujeres uno se acostumbra a todo.

—La Regla de la Imprevisibilidad.

—Exacto. Y la de la Resignación Inevitable. Nunca me había enojado con ella, no sirvo para eso. Pero incluso llegué a reírme, a hacerle cosquillas, a pegarle en la cola, a gastarla. De todo.

—Y no paraba de llorar.

—Sí, parar, paraba. Alguna vez. Pero ¿cómo saber por qué paraba, si no sabía por qué había empezado?

—No veo la relación.

—Lo plantée mal. Me refiero al problema de la causalidad. Llegué a creer que realmente no había razones específicas, que lloraba porque sí, por nada, como ella decía.

—Veinticinco siglos de filosofía tirados a la mierda. ¿No sabés que la causalidad es una categoría esencial del pensamiento occidental?

—Sí, pero las minas son brujas nietzscheanas, no hadas kantianas, hermano.

—No bajés el nivel de la discusión, ni de la Teoría Misógina. Sabés perfectamente que las mujeres son inferiores sólo para los machistas; para los misóginos, son superiores. Por eso los machistas tienen éxito con ellas, y nosotros, no.

—Sí, ya sé, ya sé. Si eso lo inventé yo, ¿te olvidaste? Pero esta mina me vuelve loco.

—Eso es otra cosa. Contame la segunda parte del problema. ¿No me dijiste que estabas sólo al principio?

Carlos se quedó callado otra vez, pero yo podía ver que ya estaba bastante repuesto. Gracias a mí: la Teoría lo calma como la música a las bestias feroces.

—Pará, pará —quise interrumpirlo justo cuando se largaba a hablar otra vez—. Se me ocurrió algo de repente. Está bien: ella decía que no le pasaba nada, que lloraba porque sí. Pero ¿vos le creías? O sea: ¿no se te ocurrió formular tus propias teorías?

—Más bien. Para cada vez que se ponía a lagrimear, podía proponer veinte o veinticinco razones específicas. Ése es el problema de tener demasiada imaginación.

—O de ser un paranoico de mierda.

—Es lo mismo. Por ejemplo. Un día le regalé un libro, uno de tantos. Me acuerdo que estábamos en una confitería de la calle Santa Fe...

—Qué bacán. Con razón hace rato que no se te ve el pelo entre el pobrerío.

—Era al principio del fato, che, no la iba a llevar a Pippo. Bueno, le regalé un libro del maestro Neruda, Crepusculario. Así, sin razón, ¿viste? De boludo, nomás. Y entonces qué pasa...

—Se pone a llorar.

Esta vez no se quejó de mi interrupción porque era una colaboración narrativa perfectamente buscada, como si hubiera tirado una pared en la puerta del área. Yo no pude negársela.

—Eso mismo. Entonces, mientras ella lloraba y yo le preguntaba por qué y ella me contestaba por nada, me puse a pensar y encontré las siguientes razones posibles: 1) La emocionaba el regalo como tal. 2) No le gustaba el regalo y se sentía culpable por ello. 3) El hecho de recibir un libro, o de que el libro fuera de Neruda, le recordaba algo de su pasado; por ejemplo, un novio anterior. 4) Creía no ser merecedora de un regalo así. 5) Estaba por dejarme y no podía hacerlo en ese momento. Bueno, esta última razón podía extenderse a todas las ocasiones en que se largara a llorar. Y algunas de las otras razones llevaban implícita en sí mismas alguna causa por la cual no podía confiármelas, verbigracia la 2), la 3) y la 5).

No pude menos que esbozar un gesto de admiración, enmudecido.

—¿Merezco o no merezco ser el Presidente del Club de Misóginos?—preguntó el salame.

—Nadie te lo discutió nunca, seguí.

—Sí. Ya que preguntaste sobre mis propias teorías... Imaginate: está bien que se ponía a llorar en "cualquier momento", como dije desde un principio. Pero los "momentos", desde un punto de vista más riguroso, nunca son "cualquiera", nunca están aislados. Siempre están seguidos de otros momentos y siguen a su vez a otros momentos. Esto es lo que me importa, ¿entendés?

—Demasiado complicado para ser una cosa tan sencilla. Vos querés decir que a lo mejor ella lloraba con algún "efecto retardado", por algo que hubiera pasado algún tiempo antes.

—Dicho de otra manera, está bien. Entonces, la cuestión era ponerse a pensar qué carajo había pasado hasta ese momento y buscar allí las causas inmediatas o mediatas. Por ejemplo, un día estábamos en una plaza, lo más bien, y paf, se largó. A llorar, digo. Por más que me rompí el bocho, no vi ninguna razón reciente, ya que hacía como media hora que estábamos ahí, casi sin hacer nada. Descartando que llorara por esto mismo, me puse a rememorar qué habíamos hecho hasta llegar allí. Y entonces recordé una charla muy boluda que habíamos tenido al salir de su casa, apenas pasé a buscarla. Como había tardado mucho en vestirse y eso era lo habitual, le dije medio en joda, medio en serio que quería casarme con ella solamente para no tener que esperarla en la calle mientras se preparaba, o algo así.

Me quedé helado. Carlos debe haber percibido un brillo particular en mis ojos, porque acotó en seguida:

—Pará, pará, no te pongas así.

—Cómo querés que me ponga. ¿Escuché mal o vos le propusiste matrimonio a esa chica? A mí no me mientas, guacho.

—Pero, hermano, vos sabés mejor que nadie que cuando uno se enamora no es responsable de sus actos, puede mandarse cualquier cagada sin vacilar, con toda naturalidad.

—No me vengas con ésa, si cuando no estás enamorado también te mandás todas las cagadas posibles... Además, vos sos un intelectual, ¿dónde vamos a ir a parar?

—Está bien, admito mi culpa y todo lo que vos quieras. Pero yo estaba en un ejemplo, otro día, si querés, analizamos el problema del pedido de casamiento. No veo qué tiene que ver, desde el punto de vista teórico, una cosa con la otra.

—Dale, seguí —le dije con sorna, ya recuperado.

—Bueno. Le dije eso, sí, como para sugerirle sutilmente que estaba pensando en casarme con ella. ¿Estás conforme ahora?

—...

—Y ella me contestó muy seria que nunca se iba a casar conmigo porque yo no estaba de acuerdo con el matrimonio y ella no quería obligarme a hacer algo en contra de mis principios, para que después se lo reprochara toda la vida.

—Es la mejor excusa que oí en mi puta vida.

—A mí me pasó lo mismo. Tanto, que me reí un poco en falso, para disimular el asombro, y dejé las cosas ahí, como Neustadt. No se habló más del asunto. Casi me olvidé, porque todo siguió su curso normal, fuimos al cine, a cenar, etc. Tuve que acordarme después, en la plaza, mientras ella lloraba y yo le preguntaba, sin éxito, qué carajo le pasaba.

—¿Así, con esas palabras: qué carajo te pasa?

—No, papá. Quién sabe si no hubiera obtenido una respuesta más concreta si la hubiese sacudido un poco. No digo mucho, un par de sopapos.

—¿Y quién dice que es mejor una respuesta concreta?

—No te hagás el canchero. La cosa es que, al recordar aquella conversación sobre el matrimonio, el nuestro, pensé que a lo mejor lloraba por eso, quiero decir, con motivo de esa charla misma, aunque todavía faltaba saber exactamente por qué.

—¿Se lo preguntaste? —pregunté.

—Sí. Y nada, como siempre. A lo mejor se acentuó un poquito el lagrimeo, pero eso es imaginación mía, seguro. ¿Entendés cuál es mi drama?

—Como si fuera mío —le dije, pero nos quedamos pensando un rato largo, mirando las minas que pasaban por la calle. El mozo viejo y pelado ya nos había cobrado, porque tenían que cerrar, y quedaba poco tiempo de charla, por lo menos en ese Sagrado Recinto, ideal para los macabros menesteres del Club. Decidimos salir a tomar un poco de aire y hacer el recorrido habitual por Corrientes, culmen de la noche depresiva.

—A mí me quedó algo pendiente —agregué, continuando con el tema principal—. ¿Vos seguís saliendo, sí o no, con esta minita? Porque a veces hablás en pasado, otras en presente...

—De hecho, no lo sé. Pará que ahora te explico. Porque la cosa no quedó ahí. Ya te dije: yo había terminado por acostumbrarme. Incluso era todo un ejercicio de imaginación y razonamiento ponerme a pensar las razones de cada llanto, aunque no encontrara nunca la solución correcta. Te podría llenar de ejemplos, pero no es científico.

—Lo que importa es la Teoría, no la crasa Empiria.

—Exactamente. Y era más saludable quedarme con su explicación: lloraba por nada. Cosas más raras hemos padecido con las mujeres, ¿o no? Además, cuando la ciencia no está en condiciones de resolver un caso, lo pasa por alto y se dedica a otra cosa, ¿sí o sí? En este caso, la ciencia se dedicó a disfrutar una minita deliciosa, con un pequeño y original defecto...

—Pero...

—Sí, pero. Un día pasó lo de siempre. Esta vez el regalo me lo trajo ella: una lapicera Parker. Era mi cumpleaños, hacía un año que salíamos y ése era justamente el mismo regalo que me había hecho al empezar a salir, sólo que yo había perdido la primera lapicera, y ella se enteró. Cuando se puso a llorar, yo le pregunté por qué, por pura fórmula nomás, realmente no esperaba una respuesta, así que me puse enseguida a pensar las boludeces habituales. Que si era un regalo pobre, o poco original; que yo me merecía más, o que no había cuidado bien la primera lapicera. Qué sé yo, había juntado como seis o siete razones cuando me di cuenta... que me estaba contestando...

Nos paramos en Corrientes y Talcahuano. No sólo por el asombro (mío) sino porque un colectivo 5 desbocado casi nos rebana las narices y los sexos a los dos.

—¿Cómo?

—Sí, a mi clásica pregunta "¿Por qué llorás ahora, gordita?", ella estaba respondiendo con sus razones claras y concisas. Es un decir.

Pasé por alto lo de "gordita" y esperé la continuación del relato, tratando de evitar que Carlos se metiera en alguna librería.

—Me dijo que lloraba porque me quería pero ya no me amaba. Así, textualmente: "Lloro porque te quiero pero ya no te amo."

—¿Y eso qué corno significa?

—¿Cómo puedo saberlo? Parecía que me quería largar. El regalo, más que de cumpleaños, era de despedida. Si sabía, le pedía un traje.

—Interesado de mierda. Entonces, te largó o no.

—No sé, pará. Lo importante es que, si ahora tenía razones para llorar, ¿qué pasa con las veces anteriores? ¿También las tenía? ¿Eran otras razones o la misma? ¿Te acordás de la razón número 5, cuando le regalé el libro? A lo mejor, ésa era la razón de las razones, la causa primera aristotélica.

—Pero ¿se lo preguntaste o no se lo preguntaste? —le pregunté, bastante nervioso.

—Sí, claro, papá. Y lo de siempre, no dijo nada. Pero ahora ya había un antecedente, y de mucho peso. No podía conformarme con esa respuesta, tenía que volver atrás, a mis archivos mentales, recordar todas las veces en que había llorado, mis teorías acerca de cada una, reconstruir el contexto, reformular las teorías, etc. Un trabajo desmesurado.

—Sí, es preferible que te largue. ¿Y en qué quedaron?

—No tengo la más puta idea. Porque, después de llorar, cuando la acompañé hasta la casa, me dijo que en realidad no sabía si me amaba, pero era feliz conmigo. Exactamente eso...

—Sí, te oí, no lo repitas. Y todo esto, ¿cuándo fue?

—Ayer.

Llegamos a la 9 de Julio, barrera infranqueable, abismo hacia las luces de una ciudad otra cuya alegría malsana nada tenía que ver con nosotros.

—O sea que estás en bolas.

—Totalmente. ¿Vos qué pensás? Yo creo que me cagó.

—Sí, yo también —tuve que admitir.

—Pero es un caso interesante, ¿no? —acotó, con un dejo de orgullo.

Muy interesante.

Miramos un rato hacia las luces del otro lado, el obelisco pelotudo, las parejas que apretaban en la Plaza de la República, los tipos que apoliyaban tirados en el piso, los chicos que vendían flores infructuosamente. Dimos media vuelta y volvimos por Corrientes.

—Bueno, pasar puede pasar cualquier cosa, ¿no? —dije, para darle ánimo a Carlos, que se había hundido de nuevo.

—Sí, claro. A lo mejor.

Cuando estábamos otra vez a la altura de La Giralda, ya cerrada, se me ocurrió algo.

—Bueno, che, al menos tenés algo para recordar, ¿no?

—Tenés razón —admitió Carlos, casi conforme.