1. Déjà vu

 

Todo era sombras. Sombras: pobre metáfora de la época, las siluetas —hombres, animales, objetos— confundían sus contornos en una masa indescifrable. Las diez y media de la noche. Cuatro hombres avanzaban lentamente en la oscuridad. Un quinto, más adelantado, los guiaba. Era evidente que se escondían, era evidente que sabían que la penumbra que a ellos los ocultaba también podía ocultar el súbito final, el tumulto que en dos o tres rugidos de pistolas y sables expeditivos los arrojaría —por fin, quizás— a la consumación de sus cotidianas pesadillas. Llevaban los caballos por las riendas, sofrenando a duras penas los múltiples sonidos con que los animales amenazaban todo el tiempo, ajenos a lo crucial de la situación. (Ellos, de todas maneras, no corrían ningún peligro.)

De pronto, se detuvieron. El guía había hecho alguna señal, de las convenidas, para que así lo hicieran. El silencio parecía haberse espesado, sin perder (al contrario) la forma insonora de un presagio. La noche, pese a todo, estaba apacible, alumbrada por el tenue rayo de las estrellas, y una fresca brisa del sur empezaba a anunciar los próximos fríos del invierno. O, tal vez, otros fríos.

—¿Qué sucede? —preguntó uno de los cuatro, quizás el que iba primero, inmediatamente detrás del guía.

Los chistidos de sus compañeros desplegaron la habitual (y sólo a veces graciosa) paradoja de producir lo que, precisamente, querían impedir.

Sucedía que las nubes se estaban moviendo lentamente, y un reflejo lunar empezaba a develar parte del escenario de lo que ya debemos llamar la fuga de los cuatro hombres. Sólo parte, por cierto, de las barrancas que daban al río oscurísimo; pero era suficiente para que la prudencia del guía hiciera honor a su función. Había que multiplicar la paciencia en la inmovilidad, por lo menos momentánea, y esperar. Al menos, esto fue lo que sugirió la siguiente señal del hombre.

—¿Qué sucede? —volvió a preguntar una voz, distinta de la anterior.

—No está —dijo el guía, resignado a tener que hablar y refiriéndose a la ballenera que debía esperarlos, en ese preciso lugar, o en uno alternativo, para llevarlos a Montevideo, para llevarlos a la libertad, o a la prosecución de la interminable lucha por la libertad—. No está acá. Hay que caminar un poco más. ¿Están dispuestos?

Casi lo empujaron, como respuesta. Pero otras nubes estaban cubriendo nuevamente la de por sí escasa luminosidad, y el camino se hizo doblemente peligroso, por eso y por la renovada incertidumbre. ¿Estaría la ballenera donde debía estar? ¿No los habrían traicionado, como tantas veces estaba ocurriendo en esos días aciagos...?

Las preguntas —puede asegurarse— eran las mismas en los cuatro prófugos, y también fue idéntico el terror cuando, a menos de treinta metros, divisaron un gran bulto conformado, inconfundiblemente, por otro grupo de hombres y de bestias.

—¿Quién vive? —gritó alguien desde ese lado.

—No respondan —dijo el guía—. Voy a adelantarme un poco a ver cuántos son.

No hubo tiempo de retenerlo. Sin esperar respuesta, el hombre se lanzó hacia las barrancas, desde las que dio un agudo silbido de alerta. Otra señal convenida, pero esta vez no podían existir dudas: habían sido traicionados.

Los caballos se les fueron encima. Eran por lo menos seis o siete, tal vez más (o al menos parecían muchos más).

El coronel Lynch —que no de otro se trataba— ni siquiera pudo sacar de su bolsillo una de sus pistolas: fue atropellado por un caballo y rodó por tierra, tal vez ya muerto. Maisson y Oliden dispararon, sí, pero enseguida cayeron tras Lynch. El último, Riglos, alcanzó a sacar un breve puñal, defensa paupérrima ante el número de los que se le arrojaban al cuello como pirañas.

El griterío —dolor mártir de un lado, triunfo bestial del otro— era verdaderamente infernal. Los mazorqueros se abalanzaban sobre los cuerpos yacentes de sus víctimas para arrebatarles todo aquello de valor que tuvieran, antes o después de degollarlas.

En ese momento, un golpe se oyó, extrañamente por encima de los aullidos, quizás porque se había producido un relativo silencio: el de la muerte, por un lado, el del regodeo carnicero, por el otro. Como sea, se oyó un golpe, y uno de los mazorqueros cayó por la barranca, con la cabeza partida. Enseguida, con la sorpresa a favor, y un empuje que su precario equilibrio en el borde del talud no pudo resistir, otros dos asesinos siguieron a su compañero.

Los otros tres (¡no eran tantos, finalmente!) se volvieron, ya alertas.

—Pero si es... —empezó a proferir uno.

A ése le estaba reservado el profundo tajo de un estilete.

Porque el hombre enviado por la Providencia portaba dos armas, muy distintas entre sí pero de parecida eficacia. En su mano derecha, la mencionada arma blanca, que pese a esta índole no lo igualaba a sus adversarios, tan afectos al vulgar cuchillo de matadero. En la izquierda, la ya famosa casse-tête, una varilla de mimbre de unos treinta centímetros de largo, delgada en el centro, en cuyos extremos había dos balas de hierro, todo cubierto por una finísima pero espesa red de cuero de Rusia. Esta segunda arma, a despecho de su extravagancia, era más temible que la otra. De hecho, el hombre se disponía a usarla contra los dos adversarios que restaban... al mismo tiempo, ya que eso era lo que posibilitaba la particular construcción del letal implemento.

Pero no fue necesario. Cobardes, los atacantes, convertidos en atacados, y diezmados en esa conversión, se dieron a la vergonzosa fuga, recogiendo en su camino a los que habían quedado en el fondo de la barranca, bien o mal heridos.

El hombre caído del cielo, reprimiendo la agitación que la breve batalla le había causado, se inclinó sobre los cadáveres de los infortunados patriotas, como buscando algo. O a alguien.

 

***

 

Pocos minutos, horas o días después, es difícil decirlo, ese mismo hombre se dirigía a un caserón de las cercanías.

Sabía que las cosas no podían quedar así, que los aterrorizados mazorqueros sólo habían huido para buscar ayuda y en cuestión de minutos encontrarían su huella.

Entró al caserón dando grandes pasos nerviosos. En la luz (si bien tenue) del vestíbulo, uno podría haber visto un poco mejor a este extraño individuo. Era un joven de unos veinticinco años de edad, aunque aparentaba algunos más, sobre todo esa noche de fatigas y de muertes. Perfectamente formado, de tez morena y habitualmente sonrosada, frente espaciosa, nariz aguileña, labios un poco gruesos, pero de un carmín reluciente que hacía resaltar la blancura de unos lindísimos dientes. En su fisonomía estaba el sello elocuente de la inteligencia, así como en sus ojos brillaba la expresión de su sensibilidad de alma. Una combinación ideal.

Siempre apurado, se dirigió a la que parecía su habitación, por la confianza con que se movía en ella. Pero una mirada más atenta habría descubierto en seguida que no era su habitación. No podía serlo, claro, porque se trataba de la alcoba de una dama.

Toda la delicada estancia estaba tapizada de papel aterciopelado, con fondo blanco, matizado con estambres dorados que representaban caprichos de luz entre nubes ligeramente azuladas. Las dos ventanas que daban al patio de la casa estaban cubiertas por dobles colgaduras, unas de batista hacia la parte interior y otras de raso azul, muy bajo, hacia los vidrios de la ventana, suspendidas sobre lazos de metal dorado y atravesadas con cintas corredizas que las separaban y las juntaban con rapidez. El piso estaba cubierto por un tapiz de Italia, cuyo tejido, verde y blanco, era tan espeso que el pie parecía acolchonarse sobre algodones al pisar sobre él. Una cama francesa de caoba labrada, de cuatro pies de ancho y dos de alto, se veía en la extremidad del aposento, cubierta por una colcha de raso color jacinto sobre cuya relumbrante seda caían los albos encajes de un riquísimo tapafundas de Combray. Una pequeña corona de marfil, con sobrepuestos de nácar figurando hojas de jazmines, estaba suspendida del cielorraso por una delgadísima lanza de metal plateado, en línea perpendicular con la cama, y de la corona se desprendían las ondas de una colgadura de gasa de la India con bordados de hilo de plata, tal leve y tan vaporosa, que parecía una tenue neblina abrillantada por un rayo de sol.

El joven semejaba, ahora sí, una fiera enjaulada, aun sumergido en tanta sublime belleza. Seguía buscando algo, murmurando cosas sin sentido, quizás planes de escape o un mensaje postrero... algo que pudiera justificar esa noche aciaga.

Entonces se oyeron gritos, y un tropel de figuras siniestras se precipitó en el vestíbulo, siguiendo el camino del joven. Éste no dudó ahora; con velocidad de rayo y fuerza ciclópea, no del todo esperable en su exteriormente delicada complexión, empujó la gran cama a fin de apoyarla contra la puerta y asegurarla. Muy poco le faltó para lograrlo del todo, pero antes de que pudiera completar la maniobra dos o tres matones se habían arrojado contra esa misma puerta, de suerte que quedó una rendija fatal entre ésta y el pesado mueble. Y ya estaban entrando por ella.

—¡Ah, infames sayones! —gritó el joven—. Por fin.

(Esto último lo dijo en un tono más bajo, como para sí.)

En ese momento, se oyó el grito de una mujer en otra habitación de la casa. El joven palideció y murmuró un nombre.

Pero no hubo tiempo para más. Cuatro, cinco, seis sayones se arrojaron dentro de la recámara, luego de pisotear la fina colcha de raso color jacinto con sus embarradas botas de potro; sus largos cuchillos brillaban, sedientos de venganza. Diabólicamente ensangrentados, tiñeron de punzó cada espacio que hollaron. La visión era terrorífica, pero pareció infundir en el joven un brío renovado. El dúo de armas, otra vez en sus manos, estaba tan afinado como antes y empezó a producir su música sangrienta.

Cayeron dos, tres mazorqueros. Pero entonces estallaron los vidrios de una de las ventanas, y otros tantos saltaron a la habitación, lanzando horribles bramidos.

—Estoy perdido —exclamó el joven, en francés, instintivamente, para desahogarse sin que pudieran entenderlo.

Esas palabras en un idioma para ellos incomprensible parecieron enardecer aún más a los asesinos, que se arrojaron temerariamente encima del joven, como si, en su furibundo rencor, ya no les importara morir con tal de matar. Una cuchillada en su brazo derecho, una puñalada en la espalda mermaron sus fuerzas. La mano que blandía la casse-tête seguía incólume, pero la lucha era demasiado estrecha ahora como para que el dispositivo pudiera desplegar sus máximos poderes, así que el desenlace fatal estuvo más cerca que nunca.

Entonces, cuando todo parecía consumado, entró en el escenario de la inminente inmolación un anciano que llevaba puesto un poncho oscuro. La inesperada aparición gritó con una voz de trueno, viril pero dolorida:

—¡Alto, alto en nombre del Restaurador!

En ese instante, como en medio de un terrorífico sueño, el reloj daba las once de la noche.

—¡Aquí, padre mío, aquí...! —exclamó el joven, que había recibido otra profunda herida en la cabeza, al reconocer la voz del anciano.

Pero eso mismo lo perdió, porque la exigua distensión permitió que uno de los asesinos le hundiera en el pecho, profundamente, un puñal ya ensangrentado.

Y el dolor lacerante, increíblemente nítido, unido a la visión del rostro de su padre, desgarrado por un dolor similar, o mayor, aunque de otra naturaleza, se hizo insoportable para el joven, que con sus últimas fuerzas emitió un grito desarticulado.

Así, con ese grito, Daniel Bello despertó una vez más de su peor pesadilla.