Miró hacia
la mesa. El paquete todavía estaba allí.
Lo había
dejado a la mañana, después de cerrar la puerta detrás de la nuca indiferente
del cadete de la editorial. No había querido abrirlo. ¿Por qué? No sabía
decirlo. Algo en ese paquete de libros mal embalados presagiaba... ¿qué? Nada
bueno. ¿Hay presagios favorables?
Almorzó
solo: su mujer había salido a hacer algunas visitas. Eso estaba bien. Él no
tenía derecho a encerrarla en su mismo claustro. Durmió, en el sofá del living,
una siesta breve, entrecortada por sueños abortados, irrecordables. Al despertarse,
los ojos legañosos como si hubiese dormido días, miró hacia la mesa.
Tarde o
temprano, tenía que abrir el paquete, ¿para qué demorarlo? Era su obra, no
podía ya desprenderse de ella, de su responsabilidad, de su compromiso.
“Compromiso”, pensó. “Qué palabra fuera de moda.” Menos mal que los críticos no
analizan los pensamientos. “Quién sabe”, dudó. Ellos creen que sí.
Deshizo el paquete, atiborrado de gruesa cinta adhesiva, de esa que llaman “de enmascarar”. Allí estaban: los diez ejemplares estipulados por contrato. Quiso ver el libro, su libro, como si no le perteneciera, como si no lo hubiera escrito él, nunca. El título, el diseño abstracto de la tapa, el lomo arrugado, las solapas, en una de las cuales había una fotografía suya, tan bien contrastada que hasta le sacaba unos años. Ahí está. Una dimensión que los críticos y los teóricos olvidan casi siempre. La materialidad del libro, su calidad de cosa, su estatus de objeto a la vez perecedero e inagotable. Su forma, su textura, su tamaño. El lugar que ocupa, su peso cuando debe ser trasladado en una mudanza. Su falta cuando debe ser dejado atrás, o enterrado. Su olor al ser quemado.
Lo abrió.
Pasó la vista rápidamente por las primeras páginas: portadilla, copyright. Se
detuvo en el epígrafe. Con una sonrisa irónica, interior, imaginó a algún
crítico (si iba a haberlo) tratando de entender el significado de esa frase.
Pasó las
páginas entre sus dedos, sintiendo en la cara el vientito que producían. Sus
primeros tres o cuatro libros eran de la época en que todavía las hojas venían
cerradas, en pliegos, y exigían la ceremonia —hoy perdida— de abrirlas con un
cortapapeles. Bueno, quizás el hecho mismo de leer se había convertido en una
ceremonia olvidada, o a punto de serlo.
Ese ruido,
tal vez, o el de sus pensamientos, si cabe la expresión, le impidió notar que
ya no estaba solo. Alguien, una sombra, había entrado en su casa y lo acechaba.
La incorporó a su percepción serenamente, sin temor. La miró. La sombra era
como la materialización de uno de los personajes de su libro. En efecto, lo que
lo tranquilizaba, lo que le impedía cualquier reacción, era esa cualidad
etérea, casi evocativa, de quien ahora mismo lo apuntaba con un arma, desde muy
cerca.
Él volvió a
mirar el libro. Luego, otra vez a su atacante (ya lo pensaba como tal). Se
puede suponer que varias veces la mirada fue de uno al otro, incrédula, lúcida,
final.
—¿Es para
tanto? —dijo solamente.
Sonó un
disparo.
“Si alguien leyese estos escritos,
los censuraría acaso de muy personales, sin advertir que es muy difícil
penetrar en los hechos y examinar sus verdaderas causas, sin conocer las
personas que los produjeron.”
José María Paz, Memorias póstumas
La Negra Larsen me había citado en el instituto a las
once en punto. En esa época yo era muy puntual. De hecho, siempre llegaba antes
de lo que debía, por lo cual me veía obligado a dar algunas vueltas alrededor
del punto de cita, como ejecutando alguna extraña ceremonia personal, el ritual
de la timidez y la indecisión. Para colmo, entre intelectuales la puntualidad
no es un valor positivo, más bien todo lo contrario. Pero la Negra Larsen
estaba metida de lleno en una onda “eficientista” y yo quería quedar bien con
ella, como fuera.
En todo caso, a las once en punto estaba subiendo las
imponentes escalinatas marmóreas (y terriblemente sucias) del edificio de 25 de
Mayo, para dirigirme al Instituto de Literatura Argentina de la Facultad de
Filosofía y Letras. Feudo de Larsen y sus acólitos, entre quienes yo esperaba
contarme a la brevedad. Los signos eran favorables para ello, pero mis nervios
no hacían caso de ningún presagio y actuaban de manera independiente.
Me hizo esperar en una de las antesalas, repleta de
bibliotecas con libros húmedos y a la vez polvorientos. Mi elemento, sin duda.
Pero no me sentía cómodo en la espera. La secretaria me miraba de soslayo, con
cierta sorna, o eso creía yo, desde su precario escritorio. Como la amansadora
se prolongaba, me forcé a entablar una conversación superficial con la chica.
Los psicólogos más o menos conductistas aconsejan proponerse pequeñas metas,
alcanzables, para luego aspirar a más, estimulado por los primeros triunfos. En
esa época, y aunque me resultaba un poco humillante, yo estaba tratando de
seguir ese método para mejorar mis relaciones personales. La secretaria no era
demasiado linda, así que me costó menos que de costumbre.
—¿Son nuevos? —pregunté señalando una hilera de libros
flamantes, en una de las estanterías.
—Ajá —murmuró, sin mirarme.
No me di por vencido.
—¿Donación...?
—... de los socialistas —completó, de mala gana.
—¿Españoles, alemanes?
Se encogió de hombros. Al parecer, la conversación
había terminado. Aparte de mi escaso atractivo, quizás el tema no fue el más
adecuado. Le di la espalda y seguí mirando los libros. Estaba por extraer un
volumen de la Literatura argentina de
Rojas (la edición en cuatro tomos), cuando advertí que la Negra Larsen se había
asomado por la puerta de su despacho y me hacía señas para que pasara.
La seguí. Algo había que reconocer: no se rodeaba de
lujos. Me senté en un sillón desvencijado, estratégicamente más bajo que el de
ella. Nos separaba un gran escritorio de venerable madera carcomida por el
tiempo y los bichos. Nos separaban muchas cosas más.
Ella debía empezar la conversación.
—Me gustó su trabajo —dijo, mirándome a los ojos. No
pude sostener mucho su mirada, desvié la mía hacia la carpeta en la que apoyaba
su mano derecha, y que contenía una monografía que yo había hecho a su pedido,
como una especie de examen de ingreso a su cátedra. Trataba sobre Boris Vera,
un escritor que me gustaba mucho y que, como crítico, había sido maestro de la
propia Negra. En aquella época yo no podía ser muy objetivo con mi propio
trabajo; en otras palabras, necesitaba la ajena aprobación (estuve por poner
“bendición”). Y la de Larsen era más de lo que yo me atrevía a pedir. ¿La
estaba logrando, en serio?
—Pero... —siguió, como contestando a mis dudas—quizás
se trasluce demasiado la admiración que usted siente por el objeto de su
análisis —sonrió con condescendencia.
—Lo reconozco —yo sonreí también.
—No se preocupe —encendió un cigarrillo y me extendió
el paquete: yo no fumaba—, el poder de seducción de Vera, tanto de su escritura
como de su persona, es proverbial. De todos modos, se nota que usted conoce
bien su obra y la bibliografía teórica que empleó. Eso cuenta. Me gusta
respetar la opinión de los demás, la democracia también tiene que llegar a la
crítica literaria...
Se calló y me miró como buscando mi opinión al
respecto. Produje un monosílabo, o más bien una interjección apagada, poco
comprometedora.
—Bueno, Leinad, estoy muy interesada en que trabaje
con nosotros; quiero decir, en que se incorpore a nuestra cátedra.
“Tus poderes
de seducción tampoco son despreciables”, pensé.
—El interés es mío —dije.
Se rió.
—En este primer cuatrimestre no es necesario que dé
clases. Hay un grupo paralelo de estudiantes avanzados, como usted, que se está
dedicando a diversos temas de investigación, para exponerlos en el próximo
cuatrimestre.
—Sí, los conozco.
—Yo necesito
que usted se dedique a la generación literaria del cincuenta. El hecho de
conocer tanto a Vera es un punto a su favor, y le facilitará mucho las cosas.
Sé que es un tema algo aburrido, pero... qué le vamos a hacer, usted llegó
último y tiene que pagar un cierto derecho de piso.
Asentí, simulando una especie de resignación que
estaba muy lejos de experimentar. La generación literaria del cincuenta era
casi un tema tabú para la onda posmarxista y antirrealista que la Negra Larsen
exhibía sin tapujos. Y daba la casualidad de que a mí me interesaba mucho. Pero
no se lo iba a dejar saber así nomás. Me convenía que ella supusiera lo
contrario, que me creyera un comulgante convencido de su línea teórica y me
diera por pagado ese derecho de piso que ella misma había mencionado sin
ruborizarse.
—Es un tema trillado, los libros que va a tener que
leer son un plomo —continuó—, pero a lo mejor usted encuentra un nuevo punto de
vista, una visión contemporánea. Eso estamos buscando, ¿me entiende?
—Por supuesto.
Me alcanzó un par de papeles.
—Aquí tiene la bibliografía que me gustaría pudiera
conocer a la brevedad. No digo que sea obligatoria... ni que tenga que
centrarse sólo en ella... Es sólo un “mínimo no imponible”, digamos; usted verá
qué puede agregar o sacar, eventualmente.
—Un punto de partida —le dije, mirando con cierta
alarma la extensa lista de libros y autores. Casi cometo el error de
preguntarle de dónde mierda podía sacar todo ese material.
—Eso mismo. La semana que viene nos reunimos y
discutimos un plan de trabajo más específico. Vaya preparándolo.
Se puso de pie, dando por terminada nuestra
entrevista. Nos dimos la mano con una suerte de compañerismo viril, y me fui.
“En qué me habré metido”, pensé, cuando salí a la calle. No podía adivinar
entonces hasta qué punto era pertinente la pregunta.