ANDRÓNICO

 

 

 

ESCENA 1

A LA IZQUIERDA DEL ESCENARIO, UN PEQUEÑO ESCRITORIO ANTIGUO DESORDENADAMENTE CUBIERTO DE LIBROS, PAPELES, ALGUNA BEBIDA ALCOHÓLICA, UN CENICERO LLENO, RESTOS DE COMIDA, UNA VELA. LA LUZ ES TENUE PORQUE ENTRA POR UN VENTANUCO SITUADO MUY ARRIBA, INVISIBLE. DA LA IMPRESIÓN DE SER UN LUGAR CHICO, ENCERRADO, CLANDESTINO, IRRESPIRABLE.

EL PROFESOR LEE UN LIBRO, ECHADO EN UN VIEJO SILLÓN. DE PRONTO SE OYE UNA SIRENA POLICIAL, AL PRINCIPIO MUY LEJANA, QUE SE ACERCA Y VUELVE A ALEJARSE ENSEGUIDA. EL PROFESOR SE HA SACADO LOS LENTES, MIRANDO VAGAMENTE HACIA EL VENTANUCO, COMO SI ESTUVIERA ACOSTUMBRADO A ESE SONIDO AMENAZANTE, Y RESTREGÁNDOSE LOS OJOS DE PASO. CUANDO PASA LA SIRENA, SE PONE OTRA VEZ LOS ANTEOJOS Y VUELVE A LA LECTURA. SOLO POR UN RATO, PORQUE ALGUIEN GOLPEA A UNA PUERTA QUE NO SE VE.

PROFESOR: Sí, pasá.

ENTRA MARCELO, QUE TIENE EN LAS MANOS UN PAQUETE DE COMIDA Y OTRO DE LIBROS.

MARCELO: (UN POCO IRRITADO) ¿Cómo sabía que era yo?

PROFESOR: ¿Y quién podía ser si no vos?

MARCELO: Ellos. (DEJANDO LOS PAQUETES EN LA MESA CON CIERTA VIOLENCIA Y SEÑALANDO TAMBIÉN IMPRECISAMENTE EL AFUERA, CON UN MOVIMIENTO DE CABEZA) Le traje algunos de los libros que me pidió y un poco de comida.

EL PROFESOR SE ABALANZA SOBRE LOS LIBROS, CON CIERTO ENTUSIASMO, Y DEJA DE LADO EL PAQUETE DE COMIDA.

MARCELO: Es necesario tomar mayores precauciones, ¿no le parece? Y comer algo, de vez en cuando.

PROFESOR: (COMO SI NO HUBIERA ESCUCHADO) ¿Dónde los conseguiste?

MARCELO: Donde usted me dijo, en la biblioteca de la facultad. Parece que los donó hace poco una universidad yanqui.

PROFESOR: Claro, nos matan de hambre y después nos regalan libros. Muy coherente. ¿Te los prestaron?

MARCELO: Los robé.

PROFESOR: (MIRÁNDOLO FUGAZMENTE) Muy bien, eso se llama justicia poética. Para el pueblo lo que es del pueblo. Además, el primer obstáculo que un intelectual de izquierda debería superar es la moral de la propiedad privada. (SE INTERRUMPE, RESPIRANDO HONDO, COMO DÁNDOSE CUENTA DE QUE SIEMPRE HABLA DE MAS. AHORA SI MIRA A MARCELO CON MÁS DETENIMIENTO Y ALGO DE TERNURA) Perdón, no me hagas caso. En cuanto a las precauciones, no puedo dejar de pensar que son inútiles. Si me encuentran, no los va a detener una puerta cerrada, o la falta de respuesta. Creo, no sé. Tampoco sabemos si en realidad me buscan, ¿no? O sea que, fieles a la tradición socrática, sólo sabemos que no sabemos nada. Sentate.

MARCELO SE SIENTA EN UNA SILLA PRECARIA. EL PROFESOR APARTA LOS LIBROS CON CUIDADO Y ABRE EL PAQUETE DE COMIDA.

PROFESOR: Claro que no me opongo a comer algo, de vez en cuando, como vos decís. Por alguna razón, que tampoco alcanzo a entender, es necesario mantenerse con vida, ¿no? Aunque sea para llevarles la contra a ellos. Esto es casi una certeza, después de todo. Che, ¿no estarán muy picantes estas empanadas? Las hemorroides me tienen loco.

COMEN EN SILENCIO DURANTE UN RATO. DESPUÉS, MIENTRAS HABLEN, SEGUIRÁN COMIENDO.

MARCELO: ¿Sigue trabajando en el mismo tema? Ese poeta griego... ¿cómo es el nombre?...

PROFESOR: Andrónico. Livio Andrónico. Era griego, pero como poeta fue latino. Ése es el tema, creo. Ya te conté que se sabe muy poco de él, de su vida y de su obra. Habrán quedado apenas unos sesenta versos desparramados por ahí, citados por otros autores, o inventados, quién sabe. O sea que la literatura latina fue iniciada oficialmente por un griego, que para colmo era esclavo. ¿No te parece fascinante?

MARCELO: Si usted lo dice...

PROFESOR: (SIN HACERLE CASO, ENTUSIASMADO) Lo que me apasiona de esta historia, entre otras cosas, es el contacto entre esas dos culturas inmensas, una que muere y otra que nace. Parece que Andrónico vivía en Tarento, una colonia griega en Sicilia. Roma tomó esa ciudad en el año doscientos setenta y dos, antes de Cristo, y así pudo dominar toda la península itálica. Después vendrían las guerras púnicas y la conquista de toda Grecia, pero es allí donde, de alguna manera, simbólicamente, comienza el Imperio Romano. Y al mismo tiempo la literatura latina, ¿entendés? En aquella época los prisioneros de guerra eran vendidos como esclavos. Los griegos, por su cultura excepcional, envidiada por todo el mundo, iban a parar a las casas de los romanos más ricos, que los usaban para educar a sus hijos. Esto le pasó a Andrónico. Probablemente lo compró un tal Livio Salinator, de quien también se sabe muy poco...

MARCELO: (INTERRUMPE, IRRITADO) Lo que yo no sé, profesor, y disculpe... es cómo puede dedicarse a estudiar esas cosas cuando estamos como estamos. En estas circunstancias, ¿a quién puede interesarle esa historia?

EL PROFESOR LO MIRA Y DESPUÉS BAJA LA VISTA, COMO AVERGONZADO, SIN RESPUESTAS. LA POCA LUZ QUE HABÍA EMPIEZA A BAJAR Y SE ESCUCHAN LOS GRITOS DEL COMIENZO DE LA PRÓXIMA ESCENA, QUE OCUPA TODO EL RESTO DEL ESCENARIO.

 

ESCENA 2

LA LUZ A PLENO SOBRE EL FORO ROMANO, DONDE HAY UNA SUBASTA PÚBLICA DE ESCLAVOS. ÉSTOS ESTÁN ALINEADOS AL FONDO, CADA UNO DE ELLOS LLEVA UNA TABLA COLGANDO DEL CUELLO, EN LA QUE FIGURAN SU NOMBRE, SU EDAD, SU PROCEDENCIA, SUS HABILIDADES, ETC. ENTRE ELLOS ESTÁ ANDRÓNICO, CON LA CABEZA GACHA. POR DELANTE DE LA FILA CIRCULAN LOS NOBLES Y CABALLEROS ROMANOS, EXAMINANDO LA MERCADERÍA PERO SIN DEMOSTRAR EXCESIVO INTERÉS. LOS GRITOS SON DEL MERCADER.

MERCADER: Pasen y vean, señores, pasen y vean. Es la mejor mercadería que se ha traído al Foro en los últimos años... No sean tímidos, pregunten los precios, doy facilidades increíbles... Robustos africanos para toda tarea, intelectuales griegos, hermosos adolescentes galos... Pueden ver que están en las mejores condiciones: bien comidos, bien descansados, ya quisiera yo vivir como ellos... Pasen y vean, su pregunta no molesta. Cero anticipo, se lo lleva ya mismo, después cuotas fijas a convenir, aprovechemos la estabilidad mientras dure... Buenos días, Senador. (GENUFLEXO) Justamente estaba pensando que tengo algo digno de usted. Perdone. (HACE UNA SEÑA A LOS GUARDIAS PARA QUE DESALOJEN A ALGUIEN QUE ESTABA ACARICIANDO A UN ESCLAVO JOVEN) Como le decía... (EL SENADOR SE HA DETENIDO Y MIRA A UN NEGRO ALTO Y MUSCULOSO) Veo que pensamos lo mismo, honorabilísimo señor. Si su Excelencia me permite la osadía, le recomiendo calurosamente este bello ejemplar del misterioso continente africano, que las gloriosas huestes romanas pronto invadirán... Entre nosotros, sería bueno tener la primicia, ¿no lo cree así? Muy pronto habrá de estos esclavos por todas partes y ya no serán dignos de su distinción, mi querido Senador... (EL SENADOR PALPA LOS HOMBROS DEL NEGRO, CON GESTO EQUÍVOCO) Creo que quinientos mil sestercios no es un precio excesivo... (EL SENADOR HACE UN GESTO DE DESAGRADO Y SE VA)... para empezar a conversar, quise decir, respetable, no se vaya (GRITANDO)... en todo caso, si no le da resultado a usted, puede pasárselo a su señora esposa... (EL SENADOR YA SE HA IDO) Tacaño de mierda. Adónde vamos a ir a parar...

APARECE LIVIO SALINATOR, CON SU ESPOSA CLELIA. EL MERCADER SE PRECIPITA SOBRE ELLOS, SIEMPRE EN ACTITUD SERVIL.

MERCADER: Estimadísimo Livio, afirmo solemnemente que ha sido enviado por los dioses. Si hubiese tardado un solo minuto más, habría perdido la oportunidad más grande de su vida.

LIVIO: ¿A qué te referís, mercader? Te aconsejo que abrevies, porque no me sobra tiempo para perderlo con vos.

MERCADER: No ignoro, nadie ignora diría yo, que sus ocupaciones crecen día a día, junto con sus propiedades y su bien ganado prestigio, mi envidiado Livio. Aprovecho para saludar a una de las mayores causas de esa fama, su señora esposa (SE INCLINA HACIA CLELIA).

CLELIA: Mercader, al oírlo cualquiera diría que es alumno de algún maestro de retórica griego... y borracho.

MERCADER: (SE RÍE, FALSO) La señora Clelia siempre tan fina en sus bromas... Pero sin querer ha dado en el clavo. La oportunidad que mencioné anteriormente es ni más ni menos que eso: un maestro griego. (SE VUELVE Y SEÑALA A ANDRÓNICO) Roma es, todavía, una ciudad pequeña, mi querido Livio. Ciertas noticias corren con la velocidad de un carro de combate. Nadie hay que ignore su necesidad y su intención de adquirir un preceptor para sus hijos. Un hombre de su posición y fama no podría de ninguna manera prescindir de tales servicios. ¿Me equivoco?

LIVIO: No, pero hablás demasiado.

CLELIA: Que es una manera de equivocarse.

EL MERCADER RÍE OTRA VEZ, OBSECUENTE, SE INCLINA LEVEMENTE COMO NUEVO HOMENAJE A CLELIA Y, AL MISMO TIEMPO, LE HACE UNA SEÑA BRUSCA A ANDRÓNICO, PARA QUE SE ADELANTE.

MERCADER: Acercate, griego. Como pueden ver, está en excelente estado físico (MIRA DE REOJO, SUGESTIVAMENTE, A CLELIA)... lo que sin duda presupone un no menos bueno estado espiritual... Es nativo de la recién conquistada Tarento, y con eso está todo dicho: la lujosa, la culta Tarento, etcétera. Como dice aquí (SEÑALA LA TABLA QUE CUELGA DEL CUELLO DEL ANDRÓNICO) se llama Andrónico, tiene treinta y un años y domina la gramática, la retórica, la música, en fin, un ejemplar ideal de aquellos para quienes nosotros, los romanos, somos sólo bárbaros.

LIVIO: Me estás cansando, hombre. ¿Cuál es el precio?

MERCADER: El precio, sí... Bueno, el precio es el más justo posible, teniendo en cuenta de qué se trata. Supongo que la conspicua familia Livia no mirará en gastos para poder transmitir a sus hijos la nobleza que la caracteriza.

CLELIA: La nobleza no se transmite por la educación, sino por la sangre.

LIVIO: Y por el dinero, querida Clelia, el dinero que a tu familia hoy por hoy le falta, aunque crea que le sobra nobleza. Acortá tu charla, mercader, o mando que te den latigazos.

MERCADER: Los dioses me libren de tal honor. El precio inevitable es de setecientos mil sestercios y juro que los vale.

LIVIO: No sé si tu maestro era borracho pero me parece que vos tomaste más de la cuenta. ¿O te volviste loco?

MERCADER: Reflexione, excelencia. Un precio de ese tenor podrá parecer excesivo, no lo niego. Pero juro que apenas cubre mis gastos. Qué sería de esta honesta industria si no diera alguna pequeña ganancia. No es ningún pecado contra los dioses ganarse la vida de esta manera, como usted lo hace con lo que producen sus tierras... gracias a los esclavos que yo le vendo, me atrevería a decir... Es el modo de vida romano, ¿acaso no está en la naturaleza de las cosas? Pero si bien esos miserables sestercios pueden servir a mis plebeyas necesidades materiales, servirán con mayor justicia al prestigio de su propia majestad y poder. Todos sabrán que el gran Livio Salinator se da el lujo de pagar setecientos mil sestercios por un maestro para sus hijos.

CLELIA: Sin duda que todos lo sabrán, y se divertirán varios días burlándose de tamaño derroche. Vámonos, Livio, no perdamos más tiempo en este desagradable lugar.

LIVIO: (ALGO VIOLENTO) Esperá un poco. Y sobre todo, no me des órdenes. Lo que decís, mercader, no deja de tener cierta coherencia, aunque esté motivado por tu insaciable ambición. Un griego de Tarento en mi propia casa... No está nada mal. Lo llevaremos, y por tu bien espero que sirva.

MERCADER: Servirá, mi señor, servirá, palabra de experto. Estoy seguro de que este esclavo está llamado por los dioses a un gran destino.

APAGÓN.

 

 

 

ESCENA 3

LOS NIÑOS LUCIO Y JULIA, Y EL YA ADOLESCENTE FABIO, HIJOS DE LIVIO SALINATOR, JUEGAN AL AMO Y LOS ESCLAVOS.

JULIA: A mí me toca ser el amo y ustedes los esclavos.

LUCIO: ¿Por qué siempre a vos?

JULIA: No siempre. El otro día fue Fabio. Además yo soy la única que lo hago bien.

LUCIO: Claro, porque estás siempre al lado de papá y te copiás de él.

JULIA: Callate, nene, qué sabés vos. Lo que pasa es que soy la más chica y por eso me cuidan más.

FABIO: Bueno, bueno, no se peleen, vamos a jugar. Después le toca a Lucio, ¿estamos?

JULIA: Mañana le toca.

LUCIO: Ufa.

JULIA: Empecemos.

FABIO: ¿Cuál es tu primera orden, amo?

JULIA: A ver, a ver... (PIENSA MALICIOSAMENTE) Que se pongan en cuatro patas. (LA OBEDECEN) Ahora ladren, esclavos, guau, guau... (LOS CHICOS LADRAN) Corran alrededor de mí... Vamos, perros, corran... Más rápido... Alto.

LUCIO: Ufa, esto no es divertido, Julia, ¿por qué no pensás algo mejor?

JULIA: Silencio, esclavo, los esclavos no hablan. Y si hablan demasiado, se les corta la lengua.

LUCIO: Pero Andrónico es un esclavo, habla todo el tiempo y nadie le dice nada.

JULIA: Es distinto. A él sí le ordenan hablar, ¿entendés? Qué vas a entender vos...

FABIO: Andrónico no es un esclavo cualquiera, es nuestro maestro. Podríamos jugar a que yo soy Andrónico y ustedes mis alumnos.

JULIA: No, mejor vos sos Andrónico, Lucio es Lucio y yo soy papá.

LUCIO: No, así no me gusta.

JULIA: Vos te callás. Todavía estamos jugando al amo y los esclavos, y yo ordeno que juguemos como dije antes.

FABIO: (RIÉNDOSE) Julia, vos tenés un gran futuro en Roma, me parece.

JULIA: Eso dice siempre papá.

LUCIO: Y también Andrónico. ¿Ya estamos jugando?

FABIO: Sí. ¿Qué ordena mi amo que le enseñe a mi alumno?

JULIA: Ordeno que le enseñes... gramática griega.

LUCIO: Uy, no, eso no, es aburridísimo, por favor... Yo sabía...

JULIA: Silencio, hijo. Los hijos tampoco hablan sin permiso. Los hijos son esclavos de sus padres y los alumnos de sus maestros.

LUCIO: O sea que siempre pierdo yo.

FABIO: Mejor le enseño algo de poesía. Después la gramática es más fácil. ¿Te acordás del cuento de Ulises y el Cíclope?

LUCIO: Sí, ése me gusta... Resulta que el Cíclope tenía prisioneros a Ulises y sus amigos... Pero Ulises, que es muy astuto, lo hace emborrachar y cuando se duerme le quema el ojo con una estaca larga, larga. Y se escapan...

FABIO: ¿Y qué pasa entonces?

LUCIO: Ehhh... no me acuerdo.

FABIO: ¿Cómo le dijo Ulises al Cíclope que se llamaba?

JULIA: Si lo ayudás no vale.

LUCIO: Callate, nena, Andrónico siempre nos ayuda. Ya me acuerdo... Resulta que Ulises le había dicho al Cíclope que se llamaba Nadie... Entonces, cuando el Cíclope, todo dolorido en el ojo, se fue a contarles a los otros cíclopes qué le había pasado, decía: "Nadie me lastimó, Nadie me lastimó." Y por eso ellos no lo ayudaron, porque creían que se había lastimado solo, y entonces Ulises se pudo escapar con sus compañeros.

FABIO: Muy bien, alumno, muy bien.

JULIA: Yo sigo insistiendo que debería aprender gramática.

ENTRA ANDRÓNICO.

ANDRÓNICO: Y el Cíclope también.

LO SALUDAN ALEGREMENTE, RODEÁNDOLO.

ANDRÓNICO: ¿Estudiaron la lección de hoy?

LUCIO: (PARA DISTRAERLO) Ehhh... estábamos jugando a que Fabio eras vos, Julia era papá y yo era yo.

ANDRÓNICO: Ah, ya veo... tu papel era el más difícil, te lo aseguro.

JULIA: Ya sabemos bien la lección sobre el Cíclope.

ANDRÓNICO: Pero esa lección es un poco vieja, ¿no les parece? Hoy teníamos otra cosa. ¿Vos qué decís, Fabio?

FABIO: (ALGO MAS ALEJADO QUE LOS OTROS CHICOS) Yo sé la lección de hoy, Andrónico.

JULIA Y LUCIO: (BURLÁNDOSE) Uhhhh.

FABIO: Pero antes quisiera preguntarte otra cosa.

ANDRÓNICO: Bueno. Sólo el que sabe tiene derecho a preguntar.

FABIO: ¿No te parece que la historia de Ulises y el Cíclope es un poco tonta?

JULIA: El que es un tonto es el Cíclope, que se deja engañar por Ulises.

FABIO: Pero si Ulises tenía tantos recursos como se dice siempre, podría haber inventado algo más ingenioso.

ANDRÓNICO: (LUEGO DE PENSAR UN RATO) Creo que tenés razón, Fabio. Pero recordá que los grandes poetas siempre utilizan recursos más ingeniosos que Ulises... Tal vez en este caso el poeta quiere decirnos otra cosa más profunda, a través de una anécdota que parece tonta...

LUCIO: ¿Qué cosa, Andrónico?

ANDRÓNICO: Que los hombres, lejos de su hogar, de su tierra, de su familia, son como decía Ulises... nadie.

ENTRA CLELIA. ESTABA ESCUCHANDO APARTE DESDE UN RATO ANTES. ANDRÓNICO ADOPTA UNA ACTITUD RESPETUOSA PERO NO SERVIL. LOS CHICOS VAN A SALUDARLA, MENOS FABIO, QUE SE QUEDA LEJOS. ELLA LO MIRA PERO NO LE HABLA.

CLELIA: No me gustaría interrumpir su clase, maestro, vine a ver cómo se portaban estos pequeños demonios.

ANDRÓNICO: Se portan muy bien, pero no estudian demasiado. Salvo Fabio.

CLELIA: (VUELVE A MIRAR A FABIO) Sí, ya sé que Fabio estudia demasiado.

ANDRÓNICO: Estaba pensando que podían repasar una hora más antes de la lección de hoy. Especialmente si los ayuda Fabio. (A LOS CHICOS) Pero sin juegos, ¿eh?

CLELIA: Fabio, llevalos a tu habitación y que repasen la lección de hoy.

SALEN FABIO Y LOS CHICOS.

CLELIA: Estuve escuchando lo que decía antes... sobre Ulises y el Cíclope...

ANDRÓNICO: Ah... Tal vez no fue del todo correcto. Lo dije sin pensar mucho, se me ocurrió...

CLELIA: Entiendo... También estuve leyendo los fragmentos de ese mismo poema que usted acaba de traducir... la Odisea.

ANDRÓNICO: Espero que su opinión sea indulgente... No domino el idioma y...

CLELIA: Lo domina más que la mayoría de los romanos que conozco, incluyéndome. No sé por qué, pero hay algo en lo que escribe que ejerce una gran fascinación sobre mí... No sé si es la historia que cuenta, o sus imágenes, o la música de los versos...

ANDRÓNICO: Si el poeta es bueno, debería ser una conjunción de todo eso.

CLELIA: Y... ¿por qué tomarse el trabajo de traducir precisamente ese poema?

ANDRÓNICO: Tal vez porque los griegos nos educamos con las obras de Homero y, humildemente, he pensado que también ustedes, los romanos, podrían disfrutar de tantas bellezas y buenos conocimientos. Mi intención es escribir un libro que pueda ser utilizado para la educación de los niños romanos.

CLELIA: Es una excelente intención, Andrónico. Pero creo, humildemente (IMITÁNDOLO), que los resultados van más allá de las intenciones. Muchas veces me he preguntado qué siente un hombre de su cultura, tan completa y refinada, siendo esclavo de individuos inferiores... ¿Y por qué un hombre así prestaría tan buenos servicios a los que lo esclavizan...? Leyendo los fragmentos de su traducción, me ha parecido encontrar una sombra de respuesta a estas preguntas.

ANDRÓNICO: La señora es demasiado sutil, se lo aseguro, y me halaga más de lo que merezco... No creo que mi educación sea tan refinada, y mucho menos completa. Era muy joven cuando fui hecho esclavo, pero además mi talento personal es mediocre y en mi patria nunca hubiera llegado a ser más que un profesor de retórica, imitador de los grandes maestros.

CLELIA: Puede ser. Pero los dioses lo han enviado aquí y no podemos sino aceptar esa decisión, e interpretarla.

ANDRÓNICO: Es verdad, siempre es un consuelo tener a los dioses para descargar en ellos la responsabilidad de nuestras vidas.

PAUSA ALGO TENSA. CLELIA DECIDE RECITAR FRAGMENTOS DE LA ODISEA.

CLELIA: "Háblame, Musa, de aquel hombre de múltiples recursos, que luego de arrasar la sagrada ciudad de Troya, recorrió tantas tierras, conoció tantas ciudades y culturas, y soportó tantas angustias en los mares, luchando para sobrevivir y regresar a los suyos." Así comienza el poema, ¿no?

ANDRÓNICO: Así.

CLELIA: "Todos los otros héroes que habían salvado sus cabezas de la muerte, escapando a la guerra y a los peligros del mar, se encontraban de regreso en sus moradas. No quedaba sino él, suspirando por su patria y por su esposa..."

ANDRÓNICO: "... porque nada hay más dulce que la patria y la familia. En el exilio, ¿de qué sirve la más rica morada si uno está rodeado de extranjeros y lejos de los suyos?"

CLELIA: ¿Eso lo escribió su Homero?

ANDRÓNICO: Mi traducción es literal, señora.

CLELIA: (SONRIENDO CON IRONÍA Y TERNURA) ¿Puedo preguntarle si alguien lo espera en su patria, Andrónico?

ANDRÓNICO: Mi patria ya no existe.

CLELIA: ¿No hay una Penélope que teja en alguna parte, pensando en su regreso? ¿Usted no sueña el momento del reencuentro, en el pasado o en el futuro?

ANDRÓNICO: El exilio, señora, es como un largo insomnio.

PAUSA.

CLELIA: Yo tampoco soy de acá, de Roma. En cierto sentido nos parecemos usted y yo, Andrónico. Yo también he sido forzada a venir a esta ciudad extraña y violenta, a compartir mi vida con un hombre que desprecio, un hombre que no me ama... Solamente en mis hijos he podido encontrar algún consuelo, algún refugio... Hasta ahora.

CLELIA HA EVOLUCIONADO LENTAMENTE HASTA APROXIMARSE A ANDRÓNICO. ES UNA INSINUACIÓN SUTIL, CASI TÍMIDA, CUYA CONTINUACIÓN NO PUEDE PREVERSE. PERO APARECE FABIO, INTERRUMPIENDO OSTENSIBLEMENTE LA EQUIVOCA SITUACIÓN.

FABIO: Ya hemos repasado la lección de hoy, maestro, madre.

SE HACEN MAS VISIBLES AUN LA HOSTILIDAD Y LA COMPETENCIA ENTRE MADRE E HIJO.

CLELIA: Muy bien. Traé a tus hermanos. (A ANDRÓNICO) Los dejo a su cargo.

CLELIA SE VA. ANDRÓNICO Y FABIO QUEDAN FRENTE A FRENTE. DE ALGUNA MANERA SE COMPRENDE LA ÍNDOLE DE SUS RELACIONES. ANTES DE QUE ENTREN LOS CHICOS, SE APAGA LA LUZ.

 

 

ESCENA 4

EL PROFESOR, MAS O MENOS EN LA MISMA ACTITUD DE LA PRIMERA ESCENA, CON LIGEROS CAMBIOS QUE MARQUEN EL PASO DEL TIEMPO, MUY POCO, UNOS DÍAS. ESTUDIA, ENSIMISMADO. GOLPEAN A LA PUERTA Y ENTRA MARCELO, SOMBRÍO.

PROFESOR: (SIN ADVERTIR LA EXPRESIÓN DE MARCELO) Hola, qué hacés. Vení, pasá, acabo de hacer un gran descubrimiento sobre la traducción de la Odisea que hace Andrónico... ¿Querés que te cuente? (MARCELO NO CONTESTA, EL PROFESOR ADVIERTE SU PESADUMBRE) ¿Qué te pasa? ¿Qué pasó?

MARCELO: (LENTAMENTE, DESPUÉS DE UNA PAUSA) Mataron a Rodolfo.

EL PROFESOR SIENTE EL GOLPE PERO LO ASIMILA CASI INSTANTÁNEA-MENTE. UNA PAUSA MAS LARGA AUN. SE SACA LOS LENTES, SE FROTA LOS OJOS CON SU GESTO HABITUAL. ACOMODA ALGUNOS PAPELES MIENTRAS MARCELO SE DERRUMBA A SU LADO, EN LA SILLA, ABATIDO.

PROFESOR: Parece que en el año doscientos cuarenta antes de Cristo...

SE FUNDE CON LA SIGUIENTE ESCENA.

 

 

ESCENA 5

ANDRÓNICO Y LIVIO.

LIVIO: Me han dicho, Andrónico, que a un hombre de mi posición, o de la posición que yo quiero alcanzar, le es imprescindible el aprendizaje de la retórica. Sé que mi ascenso social y mis crecientes obligaciones políticas me exigen una preparación de la que carezco, pero tal vez justamente por no tener esa preparación, no alcanzo a comprender por qué necesito tanto la retórica. Seguramente vos podrás iluminarme.

ANDRÓNICO: Señor, hay épocas en la historia de los pueblos en que ya no basta la fuerza para imponerse: también hace falta poseer la palabra. Veo que Roma es infinitamente grande cuando se lanza a la conquista y destrucción de sus enemigos exteriores, pero en su interior hay contradicciones no menos grandes en las que el poder es discutido a cada momento. Tal vez las instituciones parezcan firmes y duraderas, pero son los hombres quienes combaten en ellas. Y las luchas de los hombres pueden hacer que las instituciones cambien o desaparezcan.

LIVIO: Creo que entiendo. En el fondo sigo siendo un campesino, más acostumbrado a la naturaleza que a la historia. En la naturaleza gobiernan ritmos invariables y leyes de hierro: la sucesión de las estaciones, las fuerzas del agua y del fuego, la fertilidad de la tierra, el trabajo de los esclavos...

ANDRÓNICO: La naturaleza, y el trabajo del hombre en ella, producen riquezas que es necesario conquistar y conservar. Las instituciones sirven para eso pero son creaciones de los hombres que las utilizan, no de la naturaleza. Y por lo tanto siguen otros ritmos más oscuros y sutiles, donde no siempre la fuerza es aplicable o eficaz.

LIVIO: Y entonces volvemos a lo mismo: la retórica. Vos, como griego, seguramente dominás este arte como a tu propio idioma.

ANDRÓNICO: No sé si es así, ni soy la persona indicada para decirlo. Pero sí puedo decir que para un político la retórica debe convertirse en su propio idioma.

LIVIO: Está bien, sigo entendiendo. ¿Me guiarás, entonces, en ese laberinto de palabras construido por los hombres?

ANDRÓNICO: Lo intentaré, señor.

LIVIO: No seas modesto conmigo, Andrónico. Olvidemos que yo soy el amo y vos el esclavo... (PAUSA EN LA QUE COMPRENDE LA TORPEZA DE LO DICHO) Bueno, por lo menos hagamos un pacto de sinceridad... Y para inaugurarlo, te confesaré que tengo un miedo terrible de hablar en público, de no aprender todo eso de la dispositio y la elocutio, las figuras, los razonamientos... Podría encargarte que escribieras mis discursos, como hacen muchos de mis colegas, pero ¿y si es necesario improvisar? De veras temo que los dioses me nieguen su ayuda en esos momentos.

ANDRÓNICO: La ayuda de los dioses en este terreno se consigue con un aprendizaje no mucho más arduo que en el de la naturaleza, aunque se haga a una edad más avanzada. Los grandes maestros de mi patria han agotado todos los secretos de un oficio que es como cualquier otro. Basta acudir a ellos, sin asustarse por su aparente diversidad... Puede reducirse a unas cuantas verdades.

LIVIO: Eso, eso es lo que necesito... Quizás me tranquilice conocer de entrada esas verdades, para poder abordar después a tus maestros...

ANDRÓNICO: Ante todo es necesario comprender que la retórica es el arte de la persuasión, del razonamiento que convence, no del razonamiento verdadero. Si la realidad fuera evidente, igual para todos, no harían falta las palabras...

LIVIO: Quizás por eso hablamos tan poco en el campo... Perdón por la interrupción, seguí, seguí.

ANDRÓNICO: Quise decir que la realidad se construye con palabras. La realidad conveniente. Pero no cualquiera puede hacerlo. Primero hay que tener claro lo que se debe hacer: ¿justificar el pasado, prometer un futuro? El presente, para el hombre público, no es más que un arduo pero fugaz pasaje entre esos extremos. Y todo depende mucho del auditorio: ¿qué necesita, qué espera de nosotros? ¿Debemos darle lo que quiere o lo que realmente necesita? En el fondo, ésas son preguntas banales. Un buen político sabe que es mejor algo verosímil aunque imposible, que algo posible pero inverosímil. Sin embargo, un gran político sabe hacer coincidir las necesidades del pueblo con las suyas propias, sabe hacerle creer que necesita lo que a él le conviene. Debe poner en su discurso tal pasión y habilidad que, si sus palabras son estúpidas o confusas, no se note... Convencer por simpatía, no por inteligencia. La simpatía impide pensar y el político no quiere que el pueblo piense, quiere pensar por su pueblo.

LIVIO: Tus palabras abren ante mis ojos un mundo que yo no había imaginado.

ANDRÓNICO: Pero no todo es tan fácil, señor. El pueblo de Roma, su clientela política, sus competidores variables y sus eternos superiores, no son como la masa indiferente de sus esclavos, que puede manejar con una palabra o un gesto... ése es el ideal, pero el ideal no existe en este mundo. A veces tendrá ante usted un auditorio dividido, complejo, irreconocible. No sabrá quién es el enemigo recalcitrante ni el amigo posible... Todos pueden ser amigos o enemigos según una palabra suya, o por lo menos sentirá eso... y es bueno que sienta ese desafío.

LIVIO: Cuánto poder a mi disposición.

ANDRÓNICO: Y cuánta impotencia. Es preciso no dejarse embriagar, pero tampoco vencer de antemano por las infinitas circunstancias que lo agobien. En esos casos, hay que saber hablar de una manera tan amplia y ambigua que todos, o la mayoría necesaria, puedan sentirse identificados con sus palabras. Un discurso... doble, por así decirlo, que permita incluir a unos y a otros, gracias a las distintas interpretaciones posibles de lo que se dice... Por ejemplo: "Nosotros, los más patriotas de los romanos..." Repita.

LIVIO: (TORPE) "Nosotros, los más patriotas de los romanos..."

ANDRÓNICO: Más alto y más claro.

LIVIO REPITE UN POCO MEJOR.

ANDRÓNICO: Es necesario un gesto abarcador con los brazos.

LE MUESTRA COMO HACERLO. LIVIO REPITE LA FRASE, CON UN ADEMÁN FORZADO Y RIDÍCULO.

ANDRÓNICO: No, no, el cuerpo es el sostén de la palabra. Su gesto debe ser a la vez natural y elegante, firme y ambiguo.

LO MARCA OTRA VEZ. LIVIO REPITE LA FRASE Y EL GESTO, ALGO MEJOR.

ANDRÓNICO: Mucho mejor. Lo importante del ejemplo es que nadie querría sentirse excluido de entre los romanos más patriotas, aunque cada uno le dé a esa expresión un contenido diferente. A ver, un ejemplo más complicado...

LIVIO: ¡¿Más?!

ANDRÓNICO: (SIN HACERLE CASO, RECITA) "No permitiremos que elementos extraños a nuestro modo de vida nos digan lo que debemos hacer."

LIVIO REPITE LA FRASE, VACILANDO.

ANDRÓNICO: En este caso, cada uno de los bandos en disputa creerá que se refiere al otro y se sentirá identificado con sus palabras.

LIVIO: Es un verdadero arte... Algo así hacen los tribunos, los delegados del pueblo. Ahora comprendo por qué tienen tanto éxito esos subversivos.

ANDRÓNICO: Algo así, pero no lo mismo. Mientras los tribunos surjan realmente del pueblo, no necesitarán del arte retórico, porque pensarán y hablarán igual que sientan y oigan... No sólo representan al pueblo, sino que son el pueblo mismo... No convencen, expresan.

LIVIO: ¿Por eso son tan peligrosos?

ANDRÓNICO: Sí, y tal vez se pueda conjurar ese peligro incorporándolos a la carrera de los honores, que hasta hoy les está prohibida... Si un tribuno puede llegar a cónsul o senador, se alejará cada vez más de su origen hasta no querer reconocerlo, y él mismo se volverá irreconocible.

LIVIO: Tu sabiduría me aterroriza, Andrónico. ¿Cómo una patria de sabios, como la tuya, puede perder guerras y ser destruida?

ANDRÓNICO: (DESPUÉS DE UNA PAUSA, SÚBITAMENTE ABATIDO) No lo sé... Los hombres hacen la historia y la historia hace a los hombres... Los imperios se levantan y caen, como los árboles, los dioses y los hombres... Todo es cuestión de tiempo.

LIVIO: El tiempo es el arma de los débiles, esclavo.

ANDRÓNICO: Exactamente.

APAGÓN.

 

 

ESCENA 6

DOS ESCLAVOS, UNO JOVEN Y OTRO VIEJO. MIENTRAS HABLAN, LIMPIAN LOS RESTOS DE UNA FOGATA Y TAMBIÉN INSTRUMENTOS DE FORMA Y FUNCIÓN AL PRINCIPIO AMBIGUAS.

ESCLAVO VIEJO: No levantes tierra, mejor tirá un poco de agua antes de barrer.

ESCLAVO JOVEN: Dejame de joder.

E. VIEJO: Lo único que faltaba es que me faltes el respeto.

E. JOVEN: No, lo único que faltaba es que vos también me des órdenes.

E. VIEJO: No estaría mal que te acostumbraras a recibir órdenes y obedecerlas, vengan de quien vengan. Si no, acordate de lo que le pasó a Mireto.

E. JOVEN: (PARA DE TRABAJAR Y LO MIRA, FURIOSO) ¿Te crees que alguna vez me voy a olvidar?

E. VIEJO: Por eso digo. Yo a tu edad también era rebelde... Si hubiera seguido así, si no me hubieran corregido a tiempo, no estaría acá, hablándote. Cada hombre tiene su lugar en el mundo... Los jóvenes hacen el amor, los viejos lo recuerdan... Los amos mandan y los esclavos obedecen...

E. JOVEN: Yo no nací esclavo.

E. VIEJO: No fue mérito tuyo. En todo caso, tratá de no morir esclavo... por lo menos antes de tiempo.

ENTRA SOFÍA, ESPOSA DE ANDRÓNICO, PERO ELLOS NO LO ADVIERTEN.

E. JOVEN: Ah, vos preferís a Andrónico, supongo.

E. VIEJO: Ese sí que es un hombre inteligente, distinguido, que sabe adaptarse a los designios de los dioses, y aprovecharlos... en vez de andar quejándose en vano por ahí... Por eso uno de estos días lo van a premiar con la libertad, que se merece. Si yo pudiera imitarlo...

E. JOVEN: Yo preferiría morir antes que ser como ese tipo.

E. VIEJO: ¡Ja! Ni aunque quisieras...

E. JOVEN: ¡No quiero! ¿Para qué le sirven toda su "cultura", toda su "educación"? ¿Para obedecer como un perro viejo, para arrastrarse frente a los niños y las mujeres...? A ese precio yo no quiero la libertad. Prefiero ser como Mireto... aunque termine como él.

SOFÍA: (LOS ENFRENTA) ¿Qué pasa con Mireto?

E. VIEJO: (PRIMERO SORPRENDIDO, LUEGO AFLIGIDO Y SERVIL) Dulce Sofía, no vayas a culparnos por lo que oíste sobre tu ilustre esposo. Lo que pasa es que...

SOFÍA: (NO LE HACE CASO) ¿Qué pasa con Mireto?

E. VIEJO: Mireto fue siempre un rebelde, un mocoso imberbe que...

E. JOVEN: (LO INTERRUMPE) Lo torturaron... (PAUSA) Desobedeció una orden, una orden estúpida y absurda, y fue castigado... Recién se lo llevan, medio muerto.

SOFÍA: ¿Qué le hicieron?

E. VIEJO: Mujer, mujer... para qué remover esas cosas... esos detalles macabros... ¿no es bastante horrible imaginarlos?

SOFÍA: Es necesario saber.

E. JOVEN: No fue nada inusual. Lo golpearon un poco... obligaron a varios de sus mismos compañeros a sostenerlo, mientras le aplicaban placas de metal caliente en todo el cuerpo, especialmente en los genitales... (ALZA UNO DE LOS INSTRUMENTOS DE TORTURA ESPARCIDOS POR EL LUGAR) Cuando se desmayaba, le echaban agua, para despertarlo enseguida... Después, desparramaban sal en sus heridas...

E. VIEJO: Basta, basta, por favor.

E. JOVEN: (MUY ALTERADO) ¿Por qué basta? Ella quiere saber, ¿no? ¿Para qué quiere saber la señora? Quizás para contarle a su "ilustre esposo", para que él haga un poema con hermosas palabras, y entonces lo aplaudan los mismos que ordenaron destruir a Mireto... (SE ECHA A LLORAR)

E. VIEJO: Perdón, Sofía, perdonalo... (LO CONSUELA Y SE LO VA LLEVANDO, MIENTRAS MURMURA) Eran muy amigos... Son tan jóvenes...

SOFÍA: (SOLA) ¿Perdonar yo? ¿Perdonar yo?

ENTRA ANDRÓNICO, LEYENDO UN ROLLO DE PERGAMINO.

SOFÍA: (LO VE Y SE DIRIGE A ÉL) Ya sé qué fueron esos gritos que oímos...

ANDRÓNICO: ¿Tenía razón yo?

SOFÍA: (HIRIENTE) Sí, como siempre.

ANDRÓNICO: ¿Eso es un reproche? ¿Tengo la culpa de tener razón? Bueno, quedate tranquila, renuncio a tenerla. De todas maneras, no podría... un esclavo no puede tener razón.

SOFÍA: ¿Ni siquiera vos?

ANDRÓNICO: ¿Qué querés decir?

SOFÍA: Nada.

ANDRÓNICO: O sea, demasiado... Desde hace un tiempo todas tus palabras, hasta las más casuales, tienen un tono de reproche... ¿Puedo saber por qué? (SOFÍA NO RESPONDE) ¿Es por el hijo?... ¿Todavía por él?

SOFÍA: (INDIGNADA) ¡Todavía!

ANDRÓNICO: Eso significa no solamente que yo tengo la culpa de que nos hayan separado de nuestro hijo, sino también que ni siquiera tengo derecho a sufrir por eso... El dolor es un privilegio tuyo.

SOFÍA: Vos tenés otros privilegios.

ANDRÓNICO: Ah, es eso... Quiero decir, eso también... Para ser un esclavo "normal", como tus amigos de la cocina, no basta con que me hayan separado de mi hijo... también tendría que ser torturado como ese pobre muchacho.

SOFÍA: O por lo menos dormir con los otros esclavos, y no en la habitación de Fabio... Dormir conmigo, por ejemplo...

ANDRÓNICO: Bueno, Sofía, bueno... Nos vamos entendiendo...

ANDRÓNICO LE DA LA ESPALDA, SE SIENTA Y SE CUBRE LA CABEZA CON LAS MANOS, ABATIDO. SOFÍA SE LE ACERCA POR DETRÁS Y DURANTE UN BREVE MOMENTO PARECE DISPUESTA A ABRAZARLO, PERO SE CONTIENE Y RETROCEDE UN POCO.

SOFÍA: Desde que se llevaron a nuestro hijo todo es distinto, todo. Veo cosas que antes no veía, o no quería ver... Me siento vacía, extraña... Lo amaba tanto, estábamos tan unidos, que ya no sé cuál de los dos está ausente...

ANDRÓNICO: Nuestras vidas han sido una serie infinita de desgarramientos... Cuando nos arrancan del vientre materno, deberían avisarnos que ése será el acto más habitual que nos reservan los dioses... Perdí mi patria, mi familia, mis amigos... mi hijo... Y ahora te estoy perdiendo a vos...

SOFÍA: (CASI EN UN MURMULLO) No deberías perderme...

ANDRÓNICO: (SIN ESCUCHARLA) Quizás es mejor así... Quizás es mejor que nada ni nadie me ate a una tierra, a una vida que no elegí ni quiero elegir... Ni siquiera a vos te elegí... Los amos decidieron por nosotros lo que les convenía a ellos... Querían que tuviéramos muchos hijos para venderlos y acrecentar su fortuna... Me alegro de que mi semen sea demasiado ácido.

SOFÍA: ¿Y por qué aceptamos todo eso?

ANDRÓNICO: ¿Y qué otra cosa se puede hacer, aparte de aceptar o morir?

SOFÍA: Luchar.

ANDRÓNICO: Y cuando luchar equivale a morir, ¿qué se hace?

SOFÍA NO RESPONDE. SE VA, CONTENIENDO LAS LAGRIMAS. ANDRÓNICO DESENROLLA EL PERGAMINO QUE TRAÍA Y EMPIEZA A ESCRIBIR.

ANDRÓNICO: Resistir... sólo resistir.

ENTRA FABIO, AGITADO.

FABIO: Andrónico... ¿supiste lo de Mireto?

ANDRÓNICO: ¿Cómo ignorarlo?

FABIO: ¿Y qué pensás?... (ANDRÓNICO NO CONTESTA) No puedo soportar tanta crueldad... ¿Cómo pudo mi padre ordenar esto? Ya no es aquel que me llevaba a pasear por nuestros campos, el que me enseñaba a luchar, dejándome ganar de vez en cuando, el que me contaba viejos cuentos para que pudiera dormirme... ¿Acaso se volvió loco?

ANDRÓNICO: No. El hace lo que tiene que hacer.

FABIO: ¿Por qué? ¿Quién lo obliga?

ANDRÓNICO: Su lugar en la sociedad, por ejemplo... El mismo lugar que está reservado para vos.

FABIO: No, yo no quiero ese lugar, no tengo nada que ver con él... El mundo en el que quiero vivir es otro, Andrónico, es como tu Grecia, la de los poemas de Homero.

ANDRÓNICO: No te engañes, Fabio, y no me reproches que yo te haya engañado, porque nunca lo hice... El mundo real siempre es más cruel que el de los poemas, simplemente porque es real.

FABIO: Se puede ser cruel sin ser indigno... ¿Qué tiene de heroico torturar a un esclavo, sin permitir que se defienda? Aquiles, por ejemplo...

ANDRÓNICO: Basta, basta, por favor...Se supone que yo debo educarte, que debo prepararte para ese lugar que ahora despreciás, pero pronto vas a aceptar, como hizo tu padre y como harán tus hijos...

FABIO: (CASI HISTÉRICO) ¿Y cómo podés aceptar eso así no más?... ¿Cómo podés educarme para que yo te traicione, tarde o temprano? ¿O los ideales de tus poemas son tan falsos como el mundo que representan?

ANDRÓNICO LO SACUDE UN POCO. FABIO LLORA. SE ABRAZAN.

FABIO: (MAS SERENO) Te amo, Andrónico, necesito tu ayuda.

ANDRÓNICO: Yo también te amo, Fabio, pero cómo puedo ayudarte.

FABIO: Necesito creer... creer que puedo elegir por mí mismo y que hay algo para elegir... Necesito creer en vos, en los ideales que aprendí de vos... y en la posibilidad de rebelarse...

ANDRÓNICO: No puedo ayudarte en eso. Lo siento mucho, quizás más que vos... Porque lo peor de todo es que vas a cambiar, y vas a ser como todos. Y entonces también te voy a perder... Y sos lo último que me queda...

FABIO: (GRITA) ¡Entonces no me pierdas!

ANDRÓNICO NO RESPONDE, BAJA LA CABEZA, VENCIDO. FABIO SE PARALIZA, LUEGO SE ALEJA UN POCO.

FABIO: Mi padre me ha informado que voy a hacer mi primera campaña militar. En África... algo sencillo, dice, sin responsabilidades ni peligros... Dice que será el comienzo de mi carrera pública.

ANDRÓNICO: No, no, no...

CAE DE RODILLAS, ACARICIANDO LAS PIERNAS DE FABIO, QUE TAMBIÉN SE AGACHA. QUEDAN FRENTE A FRENTE, MIRÁNDOSE. APAGÓN.

 

 

 

ESCENA 7

LA LUZ, QUE SE APAGO SOBRE LA PAREJA ANDRÓNICO-FABIO, VUELVE A PRENDERSE SOBRE EL PROFESOR Y MARCELO. EL PROFESOR DORMITA RECOSTADO EN SU SILLÓN, Y MARCELO ESTA A SUS PIES, DORMIDO. AMBOS ESTÁN CUBIERTOS POR LA MISMA MANTA. APAGÓN MUY LENTO.

LA LUZ VUELVE A ENCENDERSE SOBRE EL RUIDOSO COMIENZO DE LA

 

 

ESCENA 8

COMEDOR EN CASA DE LIVIO. PROMEDIA UN BANQUETE. LIVIO, EL MILITAR MARCO, EL POLÍTICO VERCIO, EL ANCIANO MARÓN. APARTE Y CALLADOS, CLELIA, FABIO, ALGUNA OTRA MUJER. DIALOGO IN MEDIA RES.

MARCO: Sin ninguna duda fue la victoria militar más completa y gloriosa de que se tengan noticias... El enemigo fue aniquilado y humillado sin contemplaciones, como se debe... No bastó el agua de varios ríos para limpiar la inmunda sangre que manchó nuestras armas.

VERCIO: Bueno, bueno, ignoraba que nuestro general tuviera esas inclinaciones poéticas. Bravo, Marco. (APLAUDE IRÓNICAMENTE)

MARCO: La única poesía que conozco es la guerra, mi querido Vercio. Y te aseguro que tus ironías no podrían hacer nada contra el filo de mi espada.

VERCIO: ¿Eso es una amenaza, mi general?

MARCO: No, solamente una verdad que conviene tener en cuenta.

LIVIO: Señores, señores, haya paz. Estamos en un día de múltiples festejos, algunos públicos, otros privados... Disfrutemos sin peleas ni amarguras, como buenos romanos... ¿No es así, respetable Marón?

MARÓN: (ALGO DECRÉPITO PERO TODAVÍA DIGNO) Dijiste bien, Livio... como buenos romanos... Pero mucho me temo que cada vez existimos menos de esos buenos romanos... Los tiempos cambian y eso es algo que tenemos que aceptar con paciencia y sabiduría, pero indigna verlo cuando cambian para peor... En mis épocas ningún jovencito soberbio se hubiera atrevido a burlarse de un general de la Patria... ¿Adónde vamos a ir a parar si no respetamos a nuestros hombres de armas, que son los custodios de la grandeza de Roma?

VERCIO: Creo que no es para tanto, Marón. Juro que no fue mi intención burlarme de nadie, mucho menos de mi amigo Marco, cuya gloriosa espada corta ironías y gargantas enemigas... En cuanto a la grandeza de Roma, prefiero que los hombres de armas custodien, y si es posible aumenten, nuestras riquezas... Antes que ser noble pero pobre, preferiría ser un plebeyo enriquecido... ¿No es así, Livio?

MARÓN: No hay duda, la juventud está cada día más frívola y despreocupada... En mis tiempos...

LIVIO: En tus tiempos, respetadísimo Marón, había más militares que políticos, ya lo sabemos... Pero a medida que aumentan las riquezas se hace más necesario administrarlas, y para eso necesitamos hombres como Vercio, que será joven pero no frívolo ni despreocupado... Bastante cínico, tal vez, pero muy talentoso...

VERCIO: Gracias.

MARCO: Estoy de acuerdo sobre el talento de Vercio y sobre la necesidad de tipos como él... pero permítanme ser inmodesto y celebrar mi independencia de las cuestiones meramente políticas...

VERCIO: ¿Cómo, la guerra no es algo político para vos?

MARCO: (POMPOSO) La guerra es mi forma de vida, y espero que sea mi forma de muerte.

VERCIO: Así sea. Pero cuando no hay guerra, ¿qué hace un militar? ¿Busca una, inventa una?

MARCO: Siempre hay guerras, no te preocupes...

VERCIO: Puede ser, pero yo conozco muchos militares de gran fama y mayor gloria, completamente merecidas por cierto, que sólo sueñan con retirarse a disfrutar las riquezas con-quistadas en el campo de batalla... o más o menos cerca de él.

MARCO: No lo niego. Yo sólo sé que los militares podemos prescindir perfectamente de los políticos, pero los políticos tienen que llamarnos a cada rato, cuando no saben qué hacer... Administrar es importante, y difícil, pero sólo la fuerza puede conquistar y mantener el poder.

VERCIO: Brindemos por eso.

BRINDAN.

LIVIO: Me alegra ver que en el fondo estamos de acuerdo. Militares, políticos y terratenientes debemos estar unidos, porque tenemos los mismos intereses y la misma necesidad de preservarlos. ¿Para qué pelear entre nosotros, habiendo tantos enemigos que nos amenazan, afuera y adentro de Roma?

MARÓN: (MURMURA, NADIE LE HACE MUCHO CASO) Nuestro peor enemigo es el tiempo...

VERCIO: Bravo, Livio, bravo. (LEVANTA OTRA VEZ SU COPA) Que los terratenientes decidan quiénes son nuestros enemigos...

LIVIO: Que los militares los aniquilen... (BRINDA)

MARCO: Y que los políticos administren sus despojos...

RÍEN LOS TRES, BEBIENDO.

VERCIO: ¡Y que los poetas canten para justificarnos! A propósito, Livio, ¿qué hay de ese hallazgo tuyo, ese esclavo griego...? ¿Cómo se llama...? ¡Andrónico! Nos habías prometido algo al respecto...

LIVIO: Y cumpliré. Dentro de unos instantes lo presentaré ante ustedes. Sabrán que el Senado ha organizado grandes juegos para celebrar nuestra victoria sobre Cartago, y en ellos Andrónico ofrecerá dos obras, hechas a la manera griega... Hoy ustedes tendrán la primicia de algunos fragmentos.

MARÓN: Bah, griegos... Esos vanidosos y afeminados hombrecitos que no abandonan sus aires de superioridad ni siquiera cuando son esclavos. ¡Y tienen el descaro de llamarnos bárbaros! Roma va por mal camino si confía en ellos... Yo no entiendo cómo mis compatriotas se deslumbran tanto por esa gente, hasta el punto de confiarles la educación de sus propios hijos...

LIVIO: (TOCADO) Querido Marón, tu patriotismo es elogiable, pero a veces te hace perder de vista ciertas realidades... Hemos vencido también a los griegos, los hemos expulsado de nuestras tierras y conquistado las suyas, los hemos hecho esclavos... ¿por que no utilizarlos en nuestro beneficio todo lo que podamos?... Somos un pueblo poderoso pero todavía joven. Ellos tienen, o tenían, una cultura y una experiencia que pueden sernos muy útiles... Nos deslumbran, quizás, nos educan... pero somos nosotros los que mandamos.

MARÓN: No sé, no sé, desconfío de la influencia extranjera... Si Roma tiene que buscar ayuda más allá de sus propias raíces, algo anda mal y algo andará peor algún día.

VERCIO: El honorable Marón está cada vez más susceptible... ¿No será que su odio hacia los griegos lo ciega porque también lo deslumbran? Anciano... es bien sabido por todos que pasás largas horas estudiando el idioma de los griegos, su filosofía, su poesía... ¿Es para conocer mejor al enemigo o es un placer que reemplaza otros placeres ya muy lejanos para vos...?

TODOS RÍEN, MENOS MARÓN.

MARÓN: ¡Qué falta de respeto!

VERCIO: No, hablando en serio, creo que Livio tiene mucha razón cuando dice que es posible y necesario usar a los griegos en nuestro beneficio... Pero se puede ir más allá de la mera educación gramatical y... (A LIVIO, CON IRONÍA) retórica. Hay en su poesía, por ejemplo, otras utilidades que no tengo bien definidas pero intuyo cada vez más, especialmente después de haber leído la traducción que ese esclavo tuyo hizo de un poema famoso entre los griegos, la Odisea...

MARCO: A mí me pareció insoportable... me quedé con ganas de saber algo más sobre esa guerra de Troya...

MARÓN: ¡Y pensar que nuestros niños se educan con esos libros subversivos!

VERCIO: Quizás sea insoportable, o subversivo, no sé... Lo que me interesa es la importancia que esa obra ha tenido para los griegos. Quiero decir... les ha dado durante siglos la conciencia de su propia existencia como nación, una seguridad en sí mismos surgida de un origen heroico y divino... No sólo la Odisea, sino en el otro, la Ilíada, donde sí encontrarás la guerra que te gusta tanto, Marco. Y esto es algo que debería interesarte también a vos, Marón... A mí me importa más la posibilidad de que algún día los romanos seamos capaces de producir algo así... Entonces nuestro poder estará asegurado por mucho tiempo.

MARCO: No creo que un montón de lindas palabras tenga tanta fuerza, Vercio. En todo caso, no les ha servido de mucho a tus griegos... Han probado ya nuestra espada.

VERCIO: Sí, nuestra espada cortó algunas cabezas, pero no las obras de esas cabezas... De ellas estamos discutiendo, con ellas educamos a nuestros hijos... y a ellas vamos a aplaudir mañana para celebrar nuestro triunfo. Algo debe significar todo esto...

MARCO: Puede ser, pero es demasiado sutil para mí.

VERCIO: No lo dudo.

LIVIO: Señores, señores, no empecemos de nuevo. Creo que éste es el momento propicio para presentarles lo que prometí, y de paso comprobar qué hay de cierto en lo que dice Vercio. (HACE UNA SEÑA A UN ESCLAVO, QUE SALE) Les ruego que presten la mayor atención posible, tengan en cuenta que verán hoy lo que el pueblo y las autoridades de Roma conocerán recién dentro de unos días...

ENTRA ANDRÓNICO, SEGUIDO POR SOFÍA. MARÓN SE RETIRA APARTE, DISGUSTADO.

LIVIO: Ah, aquí está ya. Andrónico, explicá a estos distinguidos señores qué es lo que van a presenciar...

ANDRÓNICO: Los distinguidos señores seguramente han oído hablar del arte de la tragedia, orgullo de mi patria... Lo que tengo el honor y el atrevimiento de ofrecerles es la adaptación de una tragedia sobre la guerra de Troya que, junto con una comedia, se presentará pronto en los festejos organizados por el Honorable Senado... La ejecución es torpe, especialmente a causa de mi incapacidad personal... pero también por la falta de medios adecuados... Tuve que eliminar el coro, característico de nuestras obras, porque el teatro romano carece de orquesta donde ubicarlo y... (SE INTERRUMPE ANTE UNA DISIMULADA SEÑA DE LIVIO) Bueno, no los molestaré más con aburridos detalles técnicos. Los personajes de esta escena son Príamo, Hécuba y Andrómaca, respectivamente el padre, la madre y la esposa de Héctor, héroe troyano muerto en combate por Aquiles. Les pido que sean indulgentes con los intérpretes de esta noche... mi esposa Sofía, la señora Clelia y yo mismo.

CLELIA SE LEVANTA Y OCUPA UN LUGAR EN LA IMPROVISADA ESCENA. LIVIO TRATA DE DISIMULAR SU DISGUSTO, FINGIENDO AMPLITUD Y CON-DESCENDENCIA.

LIVIO: Clelia y sus sorpresas... Juro que no lo sabía...

MARÓN: (APARTE) ¡Lo único que faltaba, mujeres en el teatro...!

LAS LUCES BAJAN UN POCO, OCULTANDO A LOS COMENSALES. SE CREA UNA ESCENA "OTRA", EN MEDIO DEL BANQUETE FRÍVOLO Y EN MEDIO DE LA OBRA TODA. LOS "ACTORES" SE DIRIGEN MAS AL PUBLICO QUE A LOS OTROS PERSONAJES.

SOFÍA-ANDRÓMACA: Mi mente vive en un tiempo extraño, donde todo lo que pasó vuelve a pasar, y lo que vendrá ya ha pasado, pero parece siempre la primera vez... Se me confunden el dolor del pretérito y el miedo de la espera... Sé que una y otra vez me arrastrarán de los cabellos hacia los barcos y me humillarán como esclava y me arrancarán a mi hijo... a tu hijo, Héctor... ¡Vuelve a mis brazos, oh esposo! ¡Ay! ¡Con qué recuerdos vienes a golpear mi alma! Me llevan con mi hijo como parte del botín, porque le tienen miedo a tu sombra, a que tu imagen se repita en él y se levante para vencerlos con su solo anhelo de justicia... Porque si ahora mi libertad se vuelve esclavitud, si mi presente fortuna es adversa, es porque todo puede cambiar, y hasta los soberbios vencedores de hoy algún día serán vencidos y humillados... Esposo mío, hijo mío, volved a mí, haced que esta mujer muerta vuelva a la vida... Dadme fuerzas para luchar...

ANDRÓNICO-PRÍAMO: Calma, mujer... Hablas de dolor y quieres luchar... ¿Para qué luchar? ¿Para conseguir más dolor? ¿No te basta con haber perdido a tu amado esposo y a tu pequeño hijo? ¿Quieres morir tú también, abortar más que prematuramente la posibilidad de dar a luz nuevos seres? Mira a Hécuba, que ya no es fértil... Mírame a mí, ya sin descendencia, luego de que han asesinado a todos mis hijos... Los dioses han querido que el mundo sea un lugar terrible para vivir, hecho de sufrimiento y violencia, de muerte y amargura... tal vez para que los poetas tengan algo que cantar... Si eso es lo que quieren los dioses, ¿cómo rebelarnos sin desagradarles profundamente y causar, con su ira, más muertes y dolores?... Un viejo como yo sólo puede desear que las tinieblas vengan pronto a buscarlo... ya nada me ata a esta tierra y quizás sea mejor así: en el Hades podré reencontrarme con mis hijos, aunque sea sólo una vez más...

CLELIA-HÉCUBA: No lo escuches, Andrómaca, ni lo contradigas. Es inútil. ¿Cómo explicarle a un hombre lo que es ser madre, y dejar de serlo por violencia...? Tú y yo podemos entendernos, hija mía, tú y yo sabemos distinguir entre el dolor que se resigna y el dolor que lucha. Yo también presencié la muerte de Héctor, mi hijo adorado, asesinado sin honor, arrastrado en torno a las murallas de nuestra ciudad, privado de honras fúnebres... Yo también soy esclava del vencedor... Lo que no puedes entender, Andrómaca, es lo que significa perder a todos tus hijos sin saber cuándo y cómo murieron, ni dónde yacen sus cuerpos... Hijos míos, hijos de las madres de Troya, dónde estáis... ¿recordáis esos besos innumerables, nuestros desvelos al criaros, nuestros sueños interrumpidos...? ¿Todo fue inútil? ¿Quién os vistió por última vez, qué inscripción grabará algún poeta en vuestros sepulcros...?

PRÍAMO: Eres injusta, mujer... O tal vez tienes razón, qué importa. Ningún reproche puede llegarme ya. El dolor no es privilegio de las mujeres, que conocen la gracia de poder expresarlo, pero no pretendo que justifique mis culpas. Simplemente sufro... ¿Qué otra cosa puedo hacer, aparte de aceptar o morir?

HÉCUBA: ¡Luchar! Ahora veo cosas que antes no veía, o no quería ver. Veo a mis hijos con más claridad que cuando los tenía a mi lado... No, el amor nunca es inútil...

ANDRÓMACA: Veo a Héctor cuando se despedía de mí y de mi hijo, con su armadura imponente y ese casco amenazante que asustó al pequeño... ¡Cómo nos reíamos y qué dulce fue el último beso...!

PRÍAMO: Veo a Héctor, sí, cuando marchaba al combate, alto y fuerte como yo en mi juventud... ¿Por qué no pude ir en su lugar? ¿Por qué los dioses no me llevan con él? ¡Qué cruel es perder un hijo...! ¡Qué horrible es vivir después...!

HÉCUBA: Hijos, ¿dónde reposáis, dónde debo ir a llorar por vosotros? Si el asesino no ha puesto su marca en la tumba, todo el mundo es una tumba... Nada hay que envidiarle al vencedor... ése lleva su sepulcro consigo... Vosotros, hijos míos, queridos, estáis vivos, más vivos que nunca...

SIMULTÁNEAMENTE, COMO EN UNA LETANÍA, IN CRESCENDO HASTA UN CORTE ABRUPTO.

ANDRÓMACA: Héctor, esposo amado, hijo mío, volved...

HÉCUBA: Hijos míos, hijos nuestros, estáis aquí, vivos...

PRÍAMO: Hijos, ciudadanos de Troya, muertos por la patria...

GRAN PAUSA. SE VUELVEN A PRENDER PLENAMENTE LAS LUCES. MARCO SIMULA INDIFERENCIA PERO SE NOTA MOLESTO. MARÓN, AGOBIADO. VERCIO, INTERESADO. LIVIO, CONMOVIDO A SU PESAR, SE HA ACERCADO INADVERTIDAMENTE A SU HIJO FABIO.

LIVIO: Bueno, señores, espero su opinión...

MARCO HACE UN GESTO DE DESPREOCUPACIÓN, ALGO FALSO. MARÓN SACUDE LA CABEZA, SIN ESCUCHAR, ABATIDO. SÓLO VERCIO RESPONDE.

VERCIO: De alguna manera, lo que acabamos de oír confirma mis ideas. No sé de qué modo, pero algún día lo sabré, o algún otro lo sabrá... (A ANDRÓNICO) Te felicito, esclavo.

ANDRÓNICO: Gracias, señor.

LIVIO: Entonces, estarás de acuerdo con mi decisión, Vercio. La he meditado largamente. He decidido darle la libertad a Andrónico...

SOFÍA, A UN COSTADO DE LA "ESCENA", CAE DE RODILLAS CON UN GRITO AHOGADO.

LIVIO: Creo que la merece plenamente, por su fidelidad y su talento. Por supuesto, quedará a mi cargo según nuestras leyes de manumisión... pero los detalles legales son lo de menos... La presencia de Andrónico ha honrado mi casa y es hora de que lo ponga por entero al servicio de Roma...

MARÓN: (COMO DESPERTANDO BREVEMENTE DE SU LETARGO) ¡Roma, Roma!

ANDRÓNICO HA MANTENIDO AGACHADA LA CABEZA. CUANDO LA LEVANTA, MIRA DIRECTAMENTE A FABIO.

LIVIO: Bueno, a otra cosa... Ya dije que estamos de festejos varios... y éste es el anuncio más importante del día... Mi hijo mayor, Fabio, hará su primera campaña militar. (CLELIA CUBRE SU CABEZA CON LAS MANOS, EN UN GESTO DE INTENSO Y CALLADO DOLOR) Lo envío a África, con las tropas de paz que nuestros aliados del norte han solicitado frente a la permanente amenaza de los rebeldes... Amigos, por favor, brindemos por el exitoso comienzo de su vida pública...

TODOS BRINDAN, RODEANDO ALEGREMENTE A FABIO. NOTORIAMENTE APARTE QUEDAN ANDRÓNICO, SOFÍA Y CLELIA, ESTA ÚLTIMA SIN REPO-NERSE. POR ENCIMA DE TODOS, FABIO SIGUE MIRANDO A ANDRÓNICO, FIJAMENTE.

 

 

ESCENA 9

MUCHOS AÑOS DESPUÉS, ANDRÓNICO, DE CASI OCHENTA AÑOS, ENSEÑA EN SU PROPIA ESCUELA A UN GRUPO DE CHICOS QUE APENAS LE PRESTAN ATENCIÓN. JUEGAN, HABLAN ENTRE ELLOS, HACEN BURLA AL MAESTRO. ÉL SÓLO RECITA MECÁNICAMENTE FRAGMENTOS DE SU PROPIA OBRA, PERDIDO EN OTRO MUNDO.

ANDRÓNICO: "Todos los otros héroes que habían salvado su cabeza de la muerte, escapando a la guerra y a los peligros del mar, se encontraban de regreso en sus moradas. No quedaba sino él, suspirando por su patria y por su esposa, porque nada hay más dulce que la patria y la familia; en el exilio, ¿de qué sirve la más rica morada si uno está rodeado de extranjeros y lejos de los suyos?"

ENTRA FABIO, ADULTO, SERIO, ELEGANTE, TAMBIÉN VENCIDO. ANDRÓNICO LO MIRA, AL PRINCIPIO NO LO VE O NO LO RECUERDA. LUEGO SÍ. DEJA DE HABLAR Y HACE UNA SEÑA A LOS CHICOS PARA QUE SE RETIREN AL RE-CREO. MIENTRAS LOS DOS HOMBRES HABLAN, LOS CHICOS CORREN POR LA ESCENA DE VEZ EN CUANDO, JUGANDO Y RIENDO.

FABIO: ¿Me recordás todavía, Andrónico?

ANDRÓNICO: No sé si te estoy viendo o soñando... Ya no distingo bien. Es mejor así.

FABIO: Sin embargo, todos dicen que conservás una lucidez admirable para tu edad, y que tu poesía sigue siendo valiosa...

ANDRÓNICO: Claro, cuando se confunden la realidad y el recuerdo, el presente y el pasado, porque no hay futuro ni deseo... sólo queda la poesía. Pero quién sabe, ¿no? Creo que en la vida se pueden escribir dos o tres versos felices... lo demás es fracaso, lucha inútil contra la repetición y el silencio...

FABIO: Los hombres sabios dicen que tu obra perdurará por siglos.

ANDRÓNICO: (SONRÍE CON AMARGURA) El tiempo seguramente será más sabio que esos hombres. Yo apenas sé que mi persona no va a perdurar, y eso ya es un alivio. Aunque quién sabe... tal vez el último castigo que me está reservado es ser inmortal...

FABIO: ¿Pensaste alguna vez en mí, en todos estos años?

ANDRÓNICO: (TRAS UNA PAUSA) Siempre.

PASAN UNOS CHICOS CORRIENDO.

FABIO: Seguís educando a los chicos de Roma. ¿Cómo son ahora? ¿Se parecen a mí y a mis hermanos?

ANDRÓNICO: Se parecen mucho y son muy distintos. No sé. De todas maneras ya no puedo disfrutarlos... Apenas veo, oigo muy poco, mi piel está reseca y mis piernas débiles, casi muertas... Voy muriendo por partes...

FABIO: Siempre pasa así. Una parte de mí se murió cuando nos despedimos, cuando me fui de Roma por primera vez y después no volví a verte nunca más.

ANDRÓNICO: Sí, me han llegado constantemente noticias tuyas... tus triunfos, tu gloria, tu excelente desempeño en la vida pública de la nación...

FABIO: Seguí, seguí... podés burlarte como mejor sepas hacerlo. Tal vez vine para eso... para que tus reproches me hagan saber si todavía queda algo vivo en mí, algo que duela...

ANDRÓNICO: ¿Reproches? ¿Reproches yo? Estás equivocado, no puedo ayudarte, no podría lastimarte aunque quisiera hacerlo... estoy demasiado pendiente de mis propios dolores... Ya no sé quién soy ni me interesa otra cosa que mi próstata, mis hemorroides...

FABIO: Ya una vez te pedí ayuda y también me la negaste...

ANDRÓNICO: Si te consuela echarme alguna culpa a mí, podés hacerlo tranquilo, me da igual... Aprovechá ahora, porque cuando me muera va a ser demasiado tarde y me vas a deber un respeto mayor del que merezco.

FABIO: No, no quiero echarte ninguna culpa. Siempre pude elegir, lo peor es eso, siempre se puede elegir. No hay consuelo.

ANDRÓNICO: Eso es lo malo de estos tiempos... no creer en los dioses nos deja toda la responsabilidad a nosotros.

FABIO: Y también toda la gloria. Se dice que por tus últimas obras vas a ser nombrado Patrono del Colegio de Escritores de Roma... ¿Es por esos himnos dedicados a dioses en los que no creés?

ANDRÓNICO: Exactamente. Y aceptaré gustoso ese honor, para que la farsa sea completa.

FABIO: Finalmente llegaste a ser nuestro Homero, como te lo propusiste. Las futuras generaciones leerán tus obras en los colegios y las verán en los teatros. Mis hijos, por ejemplo. Y nunca sabrán que parte de esa obra fue escrita para mí... Pero yo sí lo sé y eso es algo que nada ni nadie me puede quitar...

ANDRÓNICO: No, nada ni nadie. Más allá del recuerdo, del dolor, incluso de la muerte... sólo eso existe. Lo único real es el deseo. Entre la carne y el tiempo, entre las palabras y las manos... sólo existe el deseo. Fue lo que siempre quise matar en mí mismo, sin saber que era lo único que tenía, lo único que me mantenía con vida, lo único que podía haberme rescatado... Pero, aunque lo combatí miserablemente, el deseo hizo su tarea paciente y silenciosa. A través de la nostalgia, del amor, de la poesía, hasta de la resignación o la furia, fue actuando y dándole forma a mi vida. Ahora que comprendo, o creo comprender, todo esto, siento que también el deseo se va muriendo en mí, junto conmigo... se fue desgastando lentamente, como la escritura sobre una piedra... Por suerte pronto terminará todo. Sólo espero que me olviden cuanto antes...

LENTO APAGÓN.

 

 

 

ESCENA 10

EL PROFESOR Y MARCELO.

PROFESOR: Sí, ya sé, Marcelo, lo sé mejor que vos. Estamos rodeados de violencia sistemática, de muerte programada... y lo más seguro es que se pierda hasta el más pequeño recuerdo de nosotros... Nos destrozarán, nos borrarán de la tierra, de los libros, de toda justicia. Y en medio de todo esto yo te cuento la vida de un poeta griego, o romano, que vivió hace más de dos mil años y que nadie recuerda ni quiere recordar... Seguramente estoy loco y la locura es lo único que me queda... Vos tenés toda la razón: ¿a quién le puede interesar esta historia?

FIN